En 2017 cinco mujeres denunciaron al humorista Louis C.K. por acoso sexual. Lo acusaron de haberse masturbado delante de ellas en un contexto profesional. El monologuista lo admitió en un comunicado y expresó su arrepentimiento por los hechos. A partir de ese momento, la distribuidora de su nueva película canceló el estreno del film y Stephen Colbert anuló la invitación para entrevistarlo en su programa. HBO eliminó sus monólogos y la magnífica sitcomLucky Louie del catálogo.
Después de una etapa de silencio, el humorista ha ido distribuyendo a cuentagotas sus creaciones a través de la página web personal con la única promoción de los boletines que enviaba por correo electrónico a los suscriptores. Louis C.K. se ha caracterizado siempre por unos monólogos confesionales donde explica sus miserias. Él es el gran damnificado de unos relatos demoledores, repletos de anécdotas sobre una existencia penosa. Tiene una gran técnica a la hora de conectar los temas, busca la incomodidad del público exponiendo la intimidad y puede ser terriblemente grosero y mordaz analizando la condición humana.
En los últimos años, ha estrenado el monólogo Ridiculous! en teatres de los Estados Unidos y Europa intentando no hacer mucho ruido, buscando solo a los espectadores más incondicionales y atentos a su agenda. Estuvo en Barcelona el pasado mes de febrero. Ahora, Netflix le ha levantado el veto y acaba de estrenar en el catálogo su espectáculo grabado en el Beacon Theater de Manhattan.
A Ridiculous!, el humorista no hace ninguna referencia ni insinuación a este episodio tan sórdido de su vida. Faltaría más que sacara partido de él, pero si lo hiciera, encajaría dentro del cúmulo de experiencias patéticas que narra. “Hoy me he hecho la prueba del sida. Hace años que no follo, pero necesitaba recibir buenas noticias”, comienza diciendo. El monólogo no es fácil de ver porque el impacto de su conducta pesa demasiado. Se crea un suspense involuntario, una especie de cuenta atrás inevitable, esperando el momento en que el comediante afrontará, con el sarcasmo y la crueldad que le caracteriza, esta etapa tan oscura para fustigarse. El momento no llega, pero pensar en ello es indefugible. Y él tampoco lo pone fácil. Es casi imposible separar el grano de la paja, valga la redundancia. Cuesta separar el monólogo del masturbador. Y más cuando habla de supuestos sueños donde se mea encima de un bebé, diserta sobre vaginas con la pasión de un sumiller y teoriza sobre el abuso sexual de criaturas y de pederastas. Coquetea con el incesto hablando de sus padres, entra en detalles sobre su diarrea explosiva, el sudor de su cuerpo y sus irritaciones del culo. Está tan desesperado por demostrar que las denuncias no le han hecho bajar el listón que cuesta olvidar al cerdo acosador que se masturbaba compulsivamente delante de sus colegas de la comedia. Y por más ficción e imaginación que le ponga, el show se convierte en inquietante. La segunda parte del monólogo quizás recupera el ingenio, pero es tan burdo y vulgar que se hace realmente complicado conectar con el humorista. Ahora solo ves a un tipo baboso.