'Melania', el videoclip de la primera dama
Tras el gran rugido del león de la Metro-Goldwyn-Mayer, una cámara nos transporta hasta la finca de Trump en Mar-a-Lago. Suena Gimme shelter, de los Rolling Stones, y aparece la protagonista. Sólo le vemos los pies, con unos elegantísimos zapatos de piel de serpiente y tacón de aguja. Dentro del coche la descubrimos a ella, con la mirada perdida en el infinito.
Melania Trump quiere ser observada como un objeto de perfección suprema. El documental, en el que la protagonista firma como productora ejecutiva, nos muestra los veinte días antes de la toma de posesión del cargo de su marido. "La transición de ciudadana privada a primera dama", dice, y sus "high personal standardsLa factura visual es impecable. El arranque parece una película de ficción, un relato aspiracional basado en la apariencia. Es un ejercicio estético de propaganda y una limpieza de imagen del matrimonio. En las esporádicas apariciones del presidente Trump, se le muestra como un hombre atento, con sentido del humor y trabajador. Melania es invasiva e innecesaria. Lee un guión con una retórica ramplona, vacía y reiterativa, que pretende secuestrar la imagen. Melania asiste al funeral de estado de Jimmy Carter y convierte la ceremonia en un homenaje a su difunta madre. La posterior visita a la catedral de San Patricio es obscena, como si el poder le fuese otorgado por voluntad divina. La edición fue la imagen del edificio religioso con la imagen de la Torre Trump, en una traslación inquietante de la dimensión sagrada. De un dios a otro dios.
A lo largo del documental sonarán grandes éxitos de Michael Jackson, Tears for Fears, The Crystals, James Brown... y un repertorio tópico de piezas clásicas para añadir distinción y magia. Melania se exhibe como esposa, madre, mujer de negocios, filántropa y primera dama. Pero sobre todo la vemos atender con exigencia a aspectos ornamentales: la elección de su vestuario, las vajillas, la cristalería, las moquetas, menús con huevos pasados por agua dorados y la decoración de los actos vinculados a la presidencia. Ésta es la parte más golosa. El documental tiene acceso a las interioridades y engranajes más superfluos de la logística presidencial: pasillos, reuniones y ensayos de discursos. Incluso fotografías incómodas con el personal de servicio, equipos integrados, esencialmente, por trabajadores latinoamericanos.
Melania es un documental de exhibición de poder sin sutilezas ni segundas lecturas. Es plano. No quiere dejar espacio a la reflexión ni a la interpretación, porque impone una mirada. En cualquier caso, sólo cabe el cinismo.
Con una lírica patriótica, la protagonista nos habla de igualdad, de derechos, de unidad y de sentido del deber, y hace referencia a sí misma como migrante. Toda la exhibición de su labor humanitaria es una fantasía, porque sólo son palabras, nunca hechas. El documental cierra con un listado de proezas políticas conseguidas por la primera dama que no hemos constatado en la pantalla. Y se despide subiendo al coche blindado recordando que seguirá trabajando"with purpose and style", con intención y estilo, como si fuera el final de un episodio de Sex and the City.