¿Por qué el 'Polònia' ya es un clásico?
El Polònia cumple veinte años. Y tiene mérito: tal como van las cosas, es muy difícil que un programa de TV3 llegue a los veinte años. La prueba de su poder es la asistencia masiva de políticos a la gala del aniversario que se celebró este lunes y que se emitirá el jueves. Dos décadas que confirman el Polònia como un clásico de la televisión, porque confluyen factores mediáticos, culturales y simbólicos que lo hacen único y, a la vez, lo convierten en un referente.Por un lado, está la longevidad. Ha resistido siete presidentes de la Generalitat. Los siete han tenido la tentación de cargárselo, pero el coste de hacerlo desaparecer habría sido mucho mayor que el desgaste de aparecer parodiado. Otro elemento clave, la audiencia, ha garantizado su relevancia y, por tanto, su subsistencia. Es un programa querido por los espectadores, que, en estos veinte años, han visto cómo la televisión pasaba del consumo tradicional a la viralización de los sketches a través de las redes. Se ha transformado más el medio que el programa.El Polònia ha supuesto un punto de inflexión como formato televisivo. Había programas humorísticos de sketches antes y los ha habido después. Pero el Polònia ha sabido crear un lenguaje y unos códigos que le han dado una personalidad muy reconocible. Cualquier circunstancia de la actualidad política que entra en el terreno del esperpento es, automáticamente, identificada con el humor del programa. "Esto parece un sketch del Polònia", decimos cuando la realidad supera la ficción. Este es un síntoma de la capacidad de dejar huella social. Además, sus guionistas han creado un universo de frases, temas musicales y personajes que demuestran que el programa ha contribuido a fortalecer el imaginario de la cultura pop en Cataluña.El formato también ha trascendido a sus propios protagonistas. Ni siquiera Toni Soler ha sido imprescindible para la continuidad del programa. El Polònia ha fortalecido el star-system interpretativo con múltiples actores y actrices que han visto impulsada su trayectoria profesional gracias al programa. Y, por otro lado, el espacio de sátira política ha fagocitado otro star-system, el mediático, para pasarlo por su trituradora. De Basté a Ustrell, de Cuní a Cruanyes, de Terribas a Rahola, de Tomàs Molina a Raquel Sans, el Polònia ha sabido jugar con los referentes autóctonos y dibujar un universo simbólico.
Vinte años de sátira política son también una crónica alternativa muy privilegiada del país. El programa permite releer los últimos veinte años de historia que, además, han sido bastante convulsos. En los sketches hemos podido interpretar, entre líneas, aquello que a menudo las noticias no podían explicar. El Polònia ha sabido gestionar el humor incluso con buena parte del Gobierno en prisión o en el exilio. El espíritu de Franco, quizás un poco demasiado simpático, ha servido para recordarnos que aquello que representa no está tan muerto como nos pensábamos. Revisar los sketches antiguos da una perspectiva de aquello que hemos vivido. Un retrato humorístico de lo que somos como país.