El Polonia de TV3 cumple 20 años y hay motivos para que la celebración sea colectiva, porque el humor es como un canario en una mina: si la televisión pública de un país emite un espacio de sátira política donde todo el mundo va desnudo, del presidente y los poderes fácticos hacia abajo, entonces es que estamos en una democracia tirando a la imagen y más. Sin ir más lejos, no encontrará un equivalente en las televisiones españolas. A ver quién se mete allí con el rey Felipe o con el Ibex. No es que el humor pueda salvar a él solo la democracia, pero un país es, también, su sentido del humor: lo que se puede decir y lo que es tabú.
Hace 20 años, buena parte el osado del programa consistía en traducir el diálogo político oficial a la lengua de la calle. Pero ahora que la política se ha abonado al descaro, el registro tabernario y al mem, hay que hurgar más fino para exponer las contradicciones, las mentiras y los delirios de grandeza del poder, jugando al límite del reglamento de la libertad de expresión para recordar al sistema que sabemos sumar dos más dos y que tenemos memoria. Y hacerlo divirtiendo a la audiencia, que no es poco.
El Polonia ha sido otra forma de escribir la crónica del país, del franquismo queno estaba muerto, estaba de parranda, del anticatalanismo constitutivo de la identidad nacional española, del querer y no poder de una Cataluña ligada a la estaca —la real y la psicológica—, la del triste cálculo de coste-beneficio en el que hace tres siglos que se ha acostumbrado a vivir. A veces ha sido triste que el Polonia nos haría reír, pero si la realidad no es tan buena como la parodia, no es culpa de la parodia. Muchas felicidades, muchas gracias y por muchos años a Toni Soler ya todo el equipo.