La primera legislatura de Trump ya comenzó con una aberración lógica inquietante. Su asesora principal intentó razonar que cuando el presidente afirmaba que su toma de posesión había sido más concurrida que la de Obama —a pesar de las fotografías que evidenciaban clamorosamente lo contrario— era porque él trabajaba con “hechos alternativos”. Ahora, su discípulo más aventajado, Robert F. Kennedy Jr., propinaba una coz aún más bestia a la racionalidad. En una declaración parlamentaria le preguntaban sobre aquel absurdo matemático que había soltado Trump al afirmar que estaba bajando el precio de los medicamentos en un 600% (cosa que, si fuera cierta, querría decir que aquel remedio tendría un precio negativo de cinco veces su valor original; vamos, que lo comprarías y aún te pagarían un dineral). En lugar de admitir que fue un lapsus, Kennedy soltó la siguiente perla: “El presidente tiene otra manera de calcular los porcentajes”. Sí, concretamente una equivocada. Al menos ahora se empieza a entender su gran ojo para los negocios, sobre todo a la hora de hundir los casinos que pudo construir gracias a la herencia de papá. Lleva la calculadora, que te digo cuánto estamos ganando. El medio satírico The Onion afinaba como siempre cuando publicaba el titular “Trump anuncia una subida del 5.000% en los números”.
Lo más preocupante de esta exhibición de incultura es que, en realidad, se trata de cinismo. Trump y RFK ya deben tener quien les sepa hacer porcentajes y sumarles cuatro más cuatro. Pero saben que las reglas de la guerra política contemporánea pasan por despreciar la factualidad –que es única y, por tanto, compartida– en favor de una versión de la realidad que podríamos llamar L'Oréal: porque yo lo valgo. El problema no es la mentira, entonces, sino el descaro de germen autoritario.