El reportero de 'El programa de Ana Rosa', en la calle.
Periodista y crítica de televisión
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Hace semanas que Telecinco y Antena 3 están exhibiendo un menosprecio y unos prejuicios contra las hijas de Zapatero que van más allá del interés periodístico razonable por su imputación. Tanto en los magazines de mañana y tarde como en los informativos hay una obsesión por mostrar fotografías de ellas. El hecho de ser dos mujeres de treinta años que no se ajustan a los cánones hegemónicos ni estéticos ni estilísticos provoca una fijación morbosa en su imagen. No es nuevo: cuando eran menores de edad ya fueron víctimas de la burla cruel.

Por un lado, hay un discurso machista y de condescendencia. Ana Rosa, después de un monólogo juzgando la educación recibida por estas chicas asegura que “ellas tienen su empresita”. Sonsoles Ónega tiene diariamente una antigua secretaria de Zapatero que explica anécdotas de cuando las chicas vivían en la Moncloa. La presentadora de Antena 3 Pepa Romero hablaba de ellas como si no tuvieran las capacidades psicológicas más elementales: “¿Ellas son conscientes de la gravedad del asunto al que se enfrentan?”.

Pero lo más grave lo vimos en El programa de Ana Rosa. Enviaron al reportero Jorge Luque a la puerta del edificio donde vive una de las hijas de Zapatero e indicó que la otra hermana vivía dos calles más abajo. Enseñaron la fachada y la calle de un barrio humilde y trabajador. Incluso revelaron la dirección. También enseñaron el parque donde las hermanas pasean a su perro. El reportero aseguró que las chicas estaban en casa en ese momento: “Estamos deseando encontrarlas para hacerles unas preguntas”, decía el reportero con tono desafiante. Había interrogado a los vecinos y explicaba que la mayoría no sabían que eran las hijas de Zapatero: “Ni siquiera el vecino de al lado, que es el que le recoge los paquetes”. Luque hizo salir a la dueña de la peluquería del lado del mismo portal. La peluquera explicó: “No quieren nada con nadie. No saludan. Van muy rápido”. “¿Es timidez o altanería?”, preguntaba el periodista, que insistía en que se esperarían allí para poder hablar con ellas. Una hora más tarde, hicieron una segunda conexión. El reportero no se había movido del lado de los interfonos. La cámara volvía a enseñar la calle, el edificio y el parque. “Siguen viviendo aquí. Siguen durmiendo aquí. Nos lo confirman los vecinos”. Señaló la puerta del edificio y, con el brazo, indicó el camino exacto, de diez metros, que hacían cada día para subir a su coche, y reveló que últimamente lo hacían con prisas: “Debe ser que no les apetece pasear. Ya no sacan al perro. Y también debe ser por razones de seguridad. Con la crispación que hay en este país y la que ellas tienen encima, pues no debe ser aconsejable que vayan solas. De hecho, el cartel de su empresa ya ha sido vandalizado”, destacaba. Insistía en el vandalismo como prueba del malestar contra ellas y los riesgos que eso tenía. Un acto de cinismo feroz, porque aquella conexión atentaba contra la privacidad y la seguridad de las hermanas Zapatero. Deshumanizarlas y ponerlas en peligro no es inocente. Es la línea de ataque que más duele a Zapatero.

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