Microplásticos

Cristina Romera-Castillo: "En el Mediterráneo vemos antes los efectos de la crisis climática"

Oceanógrafa en el Instituto de Ciencias del Mar (ICM-CSIC)

Raquel Villanueva
29/06/2026

Cada 8 de junio, el Día Mundial de los Océanos nos invita a reflexionar sobre la salud de esta vasta frontera azul que regula la vida en la Tierra. Este año, la efeméride llega con un aire de victoria cautelosa tras la histórica adopción por parte de la ONU del Tratado de Alta Mar, un marco legal diseñado para proteger la biodiversidad en las aguas que no pertenecen a ningún país y que representan dos tercios de la superficie marina. Con todo, para entender la salud global del océano, a veces hay que mirar lo pequeño. 

Esto es lo que hace la oceanógrafa y científica del CSIC Cristina Romera Castillo. Desde su laboratorio, situado en el Instituto de Ciencias del Mar (ICM-CSIC), investiga qué ocurre cuando los plásticos se descomponen en el océano, cómo alteran la química del agua y hasta qué punto pueden influir en el clima. En su libro Antropocéano explica cómo la actividad humana está transformando los mares y por qué el Mediterráneo se ha convertido en un avance del futuro que espera al resto de los océanos.

Cuando hablamos de plásticos en el océano, la imagen mental de casi todo el mundo son las "islas de basura" o una tortuga atrapada en una red. Sin embargo, su objeto de estudio es mucho más sutil y, quizás por ello, más inquietante. Cuando una pieza de plástico llega al mar, ¿qué le pasa exactamente? 

— Nosotros estudiamos la degradación del plástico en el mar desde un punto de vista químico. Cuando este material llega al mar, comienza a degradarse, y el factor que más afecta este proceso es la luz ultravioleta del sol. Al deteriorarse, va dejando compuestos químicos en el medio marino. Lo que mucha gente olvida es que el plástico, en su mayoría, es carbono. Por tanto, cuando se va degradando, libera este carbono en forma de compuestos en el agua. Nuestro trabajo es cuantificar cuánto carbono deja ir y, sobre todo, determinar si esta cantidad es tan alta como para llegar a impactar en el ciclo del carbono global o en la bioquímica del agua. También nos interesa mucho su interacción con la vida microscópica: hemos visto que hay bacterias que degradan estos compuestos y, al hacerlo, estos microorganismos se reproducen y generan CO₂. Actualmente estamos llevando a cabo experimentos con bacterias y con fitoplancton para entender cómo les afectan estos compuestos químicos liberados.

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¿El plástico que llega a los océanos también contribuye al calentamiento global?

— Es una línea de investigación activa. Hace unos años se publicó un artículo que indicaba que, con la degradación y especialmente por la incidencia de la luz ultravioleta, el plástico liberaba metano; otros estudios posteriores señalaron la liberación de CO₂. Lo que estamos haciendo ahora nosotros es estudiar esta producción de gases de efecto invernadero utilizando diferentes tipos de plásticos. El objetivo es ver cuál libera más y cuál menos, pero también poner estas cifras en contexto: queremos entender si esta cantidad de gases es significativa respecto a otras fuentes naturales o antropogénicas que ya conocemos. Debemos saber si el plástico tiene una contribución importante o si, en comparación con el resto de fuentes, su impacto es menor. Es una pieza más del rompecabezas climático que estamos intentando encajar.

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Son frecuentes las noticias de descubrimientos de bacterias que aprenden a alimentarse de plástico. ¿Estamos cerca de tener una solución biológica al problema? 

— No es exactamente así, y es importante matizarlo para no generar falsas expectativas. Se han encontrado bacterias que tienen una enzima capaz de degradar plástico PET, pero estas bacterias se encontraron en vertederos terrestres, no en el mar. A raíz de esto, se están haciendo muchos estudios para ver si hay otras especies que degraden otros tipos de plásticos o si tienen genes que activen estas enzimas. Pero, hoy en día, en el mar no se ha visto una bacteria que degrade el plástico de forma tan clara. Lo que sí que pasa es que lo que flota en el mar es colonizado por microorganismos –bacterias, fitoplancton, hongos– que crean lo que llamamos un biofilm. Este biofilm contribuye a degradar el plástico, produciendo grietas o consumiendo algunos de sus compuestos, pero no se ha visto que lo haga desaparecer por completo. Es una degradación tan sumamente lenta que no se puede considerar una solución o una remediación ahora mismo. No queremos que el mensaje sea "las bacterias nos librarán del plástico", porque entonces la gente se pensará que puede seguir tirando basura al mar con total impunidad. Lo más importante es evitar generar el residuo siempre que sea posible.

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¿Qué os explican las muestras de agua de Barcelona y de Blanes?

— Realizamos muestreos mensualmente en Blanes, en un punto a un kilómetro de la costa que es mucho más limpio y prístino; el departamento de biología marina y oceanografía del ICM-CSIC ha estado recogiendo datos en esta zona desde hace más de veinte años. En cambio, cuando tomamos muestras en Barcelona, encontramos que el agua está mucho más contaminada debido a la presión de la ciudad y los vertidos. En la zona de playa de la ciudad hay una alta concentración de plásticos y mucha materia orgánica disuelta. Cuando llueve intensamente, el sistema de alcantarillado no tiene capacidad para asumir tanta agua. Entonces, se abren los aliviaderos y al mar llega de todo: materia orgánica, pero también bacterias fecales. Cuando analizamos el agua después de un episodio de lluvia, la contaminación es evidente. Como científica, me preocupa esta presión antropogénica constante, a la que se suman también los compuestos químicos de las cremas solares que usamos masivamente en verano. Todo esto afecta la bioquímica del agua.

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¿Por qué el Mediterráneo es un laboratorio tan valioso para entender el futuro de los océanos?

— El Mediterráneo se comporta como un laboratorio a pequeña escala. Al ser un mar pequeño y cerrado –solo conectado con el Atlántico por el estrecho de Gibraltar–, y al estar sometido a una presión humana tan fuerte, aquí muchos de los problemas globales se ven incrementados o se manifiestan mucho más rápidamente. Lo que pasa en el Mediterráneo ya pasa en los océanos, solo que aquí se observa antes y con más intensidad.

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¿Cómo afecta el calentamiento global a la supervivencia de las especies comerciales y los corales?

— Cuando el agua de la superficie se calienta, se vuelve más ligera y deja de mezclarse con el agua fría que hay debajo. Esto crea una especie de tapa invisible que separa las dos capas. El problema es que los animales que viven en el fondo necesitan oxígeno para respirar, igual que nosotros. Normalmente, el oxígeno entra del aire a la superficie y baja, pero esta tapa de calor impide que el oxígeno nuevo llegue abajo. Como los organismos continúan respirando el poco oxígeno que queda, este se acaba agotando, y las consecuencias son fatales. Además, este calentamiento no solo afecta a los peces; también descontrola las corrientes marinas, cambia la química del agua y provoca los fenómenos climáticos extremos que ya padecemos.

¿El océano es realmente el pulmón del planeta?

— El océano hace mucho por nosotros: regula el clima; secuestra CO₂, lo cual contribuye a paliar los efectos del calentamiento global; proporciona alimento, y es una vía de transporte esencial. El oxígeno que produce es vital, sobre todo para los mismos organismos que viven en él. Debemos ser conscientes de que el océano afecta a todas las regiones geográficas del planeta, no solo a la costa. Lo que pasa en el mar influye en el clima de las zonas de interior. Existe una interconexión total que a menudo olvidamos.

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Vemos un cambio de ciclo en la oceanografía, con cada vez más mujeres liderando proyectos y expediciones.

— Sin duda, la participación de cada vez más mujeres en la investigación enriquece la investigación en todas las disciplinas. Al final se trata de avanzar, y durante demasiado tiempo se ha estado vetando a la mitad de la población. Había una mitad de la inteligencia humana que podría haber contribuido al avance de la ciencia y la tecnología y que era anulada. Que ahora haya mujeres contribuyendo es enriquecedor a todos los niveles y un acto de inteligencia. Ahora somos más personas capaces aportando soluciones a problemas que son globales y urgentes.

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¿Todavía estamos a tiempo de reparar el daño que hemos causado a los océanos?

— El daño, especialmente por los microplásticos, es imposible de limpiar del todo. Si paráramos hoy, frenaríamos la entrada de material nuevo, pero lo que ya se encuentra en la cadena trófica seguirá circulando mucho tiempo. La naturaleza es más lenta que nuestras acciones. Vemos cambios muy rápidos provocados por el calentamiento, pero recuperar el equilibrio necesita mucho tiempo. No obstante, en el último capítulo de mi libro hablo precisamente de ejemplos del pasado en que daños ambientales graves se revirtieron gracias a la cooperación internacional. Prohibimos el DDT de los pesticidas, eliminamos el plomo en la gasolina –que ya está prohibido en casi todos los países– y frenamos los CFC que provocaron el agujero en la capa de ozono. La naturaleza dañada por aquellas acciones ha comenzado a recuperarse. Si lo hicimos en el pasado, sería posible hacerlo ahora también. Podemos evitar que el daño sea aún más grave y, en algunos casos, revertirlo si tomamos acciones ya.