Crisis climática

Turismo de última oportunidad: detrás de una fotografía de una playa que desaparece

El impacto de la turistificación en territorios altamente vulnerables a la crisis ecológica, como Islandia y el delta del Ebro, tensiona el ecosistema y la ciudadanía

15/08/2026 - 08:02 h.

La lógica de mercado justifica que aquello que tan solo está al alcance de unos pocos hace aumentar, por regla general, su valor. Esta dinámica que marca el precio de bienes y servicios también se infiltra en comportamientos humanos, que acaban condicionando la toma de decisiones. ¿Pero qué pasa cuando lo que está en juego es un elemento del que depende la vida cotidiana de ciudadanos? La tensión entre la voluntad de coleccionar experiencias de viajes y de asegurar la vida de la población de un territorio vulnerable es lo que pone de relieve las dinámicas turísticas en plena crisis ecológica.Ya en 2007 el multipremiado editor en jefe del digital Travel Age West, Kenneth Shapiro, puso nombre a un fenómeno turístico que entonces comenzaba a proliferar: el turismo de última oportunidad. Entonces el concepto hacía referencia a los viajes a zonas amenazadas por cambios ambientales, como puede ser la amenaza inminente de la explosión de un volcán o la expedición para observar una especie en peligro de extinción, entre otros. Con los años y la evidencia científica de que la crisis ecológica afecta a todos los rincones del planeta, este vocablo usado en el argot de las agencias de viajes y de los gurús nómadas ha sufrido algún matiz. Ahora, el turismo de última oportunidad es también la experiencia de visitar destinos que están en riesgo de desaparecer o cambiar radicalmente en los próximos años a causa del daño causado por la presión humana. Son un ejemplo la visita a la Gran Barrera de Coral de Australia, a causa de la acidificación del océano y el aumento de temperatura del agua; o a las islas Maldivas, por la subida del nivel del mar.Convivir entre el deshielo y la AMOC

Pero no hace falta cambiar de continente para observar la pérdida de ecosistemas en zonas donde el turismo tiene un peso elevado. “En Islandia el cambio más evidente a simple vista que ha provocado la crisis climática es el retroceso de los glaciares. Es algo que se puede percibir incluso comparando fotografías hechas con pocos días o semanas de diferencia”, explica la fotógrafa catalana Natàlia Antequera, que desde 2021 hasta 2024 vivió en este país nórdico. El Ártico es la zona del mundo que sufre el aumento de temperatura más elevada y, como resultado, provoca en Islandia la pérdida de 10.000 millones de toneladas de hielo al año, según datos de la NASA.A este ritmo la isla europea podría quedarse sin hielo el año 2200. En el equilibrio de la naturaleza cada elemento juega su función y el deshielo no solo es en sí mismo una señal de colapso, sino un desencadenante. Concretamente, en los últimos años los países nórdicos sufren por la parada de la AMOC (circulación de retorno meridional del Atlántico), la parte de la circulación termohalina que pasa por las costas islandesas y que tiene un papel clave en la regulación del clima en el hemisferio norte. Este peligro motivó al gobierno de la isla a declarar la AMOC como amenaza nacional el pasado mes de noviembre, convirtiéndose en el primer estado europeo en tomar este posicionamiento.

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Turistas y cómplices 

Este contexto no frena la llegada de millones de visitantes anuales a la isla. Todo lo contrario. En 2015 el país recibió 450.000 visitantes y, en 2025, llegaron a pisarlo 2,2 millones. El crecimiento de más del 400% en diez años es aún más destacable teniendo en cuenta que la población de Islandia es de 401.000 habitantes. “Hace pocas semanas se ha anunciado que Air China abrirá nuevos vuelos para conectar Beijing con Reikiavik. Todo hace pensar que estas cifras no dejarán de aumentar en los próximos años”, relata el geógrafo islandés y profesor de geografía cultural de la Universidad de Wageningen, en los Países Bajos, Edward Huijbens.Según explica, los visitantes llegan a la isla como un lugar único y de los que “se ha de visitar una vez en la vida”. El hecho de que acaben escogiendo este destino frente a otros está causado por dos motivos principales: la gran interconexión de transporte que tiene la isla por mar y aire, y por el hecho de saber que parte del paisaje está amenazado de desaparecer. “Uno de los principales atractivos son los glaciares y, evidentemente, se están derritiendo aquí igual que en todas partes”, señala Huijbens.

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Cambio de paradigma: no al turismo, sí a las experiencias

Ahora bien, el profesor puntualiza que este pensamiento no se debe a los efectos de la crisis climática, sino al hecho de perder la opción de vivir “experiencias de viaje”. “A causa del deshielo hay muchas excursiones a cuevas de hielo y a glaciares que ya no se pueden hacer, pero esto no provoca una bajada de la llegada de los turistas. Al fin y al cabo, los visitantes podrán hacerse la foto en el glaciar, que es su objetivo principal”, remacha.El profesor de geografía en la Universitat de Barcelona Carles Barriocanal también relaciona lo que podría ser turismo de última oportunidad con el perfil de visitante que busca ir más allá de las visitas convencionales. “En una época en la que se puede ir a todas partes ya no se habla de hacer turismo, sino de buscar experiencias. Desde presenciar el rompimiento de icebergs, hasta visitar animales en riesgo de extinción. Existe la necesidad de crear recuerdos más vivos y con capacidad de conectar”, explica. Este fenómeno a menudo comporta un acercamiento a espacios naturales o a comunidades locales que, ante una llegada masiva de visitantes, pueden generar un desequilibrio en el ecosistema.De hecho, diferentes estudios señalan la paradoja que supone la voluntad de buscar experiencias únicas en zonas vírgenes con el impacto que generan los mismos viajeros en los destinos donde aterrizan. Ya sea a través de las infraestructuras que se han de desplegar –carreteras, aeropuertos, hoteles o parkings–, o las emisiones que generan los vuelos comerciales. “Me preocupa ver cómo espacios que hace pocos años eran completamente vírgenes ahora están llenos de carteles, vallas, caminos delimitados y restricciones. Entiendo por qué hay que hacerlo, pero también me genera cierta tristeza. De hecho, a menudo me planteo como fotógrafa hasta qué punto tiene sentido continuar promocionando estos lugares en las redes sociales”, relata la fotógrafa Antequera, que en pocos años ha visto cambiar la isla.

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El deshielo que llega al delta del Ebro

A pesar de que la realidad del calentamiento en el casquete polar pueda quedar lejos, las consecuencias de la pérdida de glaciares en Islandia golpean Cataluña desde hace años. Sería lógico atribuir la pérdida de masas de hielo a un aumento del nivel del mar en las costas nórdicas, pero esta asunción es errónea. De hecho, las zonas próximas al deshielo son los territorios que menos sufren el riesgo del aumento del nivel del mar. Este hecho se explica por una cuestión gravitacional. El inmenso volumen de los glaciares hace que tengan una fuerza gravitatoria propia, que genera la atracción del agua del mar hacia ellas. Así pues, mientras los glaciares existen, acumulan a su alrededor más agua del océano. Cuando se funden, pierden masa y esta atracción disminuye. Esto provoca que los países más afectados por la debacle de las masas de hielo estén a miles de kilómetros del Ártico.

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Zonas inundables del delta del Ebro en 2076
Simulación de las áreas que quedarían bajo el agua con un aumento de 40 cm del nivel del mar
Climate Central; IPCC (SSP3-7)/Climate Central

En Cataluña, uno de los territorios más vulnerables por la exposición costera y la poca altitud es el delta del Ebro. Pero más allá de sus características geográficas y de relieve, este territorio tiene un tercer elemento que lo hace especialmente vulnerable: la fuerte dependencia de los sedimentos que arrastra el río. Hoy en día, el 95% de los sedimentos que garantizan su existencia se quedan retenidos en los embalses de Mequinenza y Riba-roja, hecho que provoca una fase de retroceso y erosión severa.Por estos motivos, las proyecciones del Intergovernmental Panel on Climate Change (IPCC) estiman que en cincuenta años gran parte del Delta del Ebro quedará bajo el nivel del mar. Parte de esta situación es causada por el deshielo de las zonas polares y parte por la falta de sedimentos. Áreas urbanas como Riumar, els Muntells o el Poble Nou del Delta quedarían inundadas, junto con zonas de alto valor ecológico como las dunas, las lagunas o los ullals.

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“¿Quién vendrá aquí?” 

Además de la vulnerabilidad ecológica, esta zona declarada en 2013 como Reserva de la Biosfera por la Unesco, recibe una presión turística que ha ido en aumento en los últimos años. Según datos del INE, en las Terres de l'Ebre en 2020 se registraron 567.000 visitantes, mientras que en 2024 pasaron casi 900.000 personas, la mayoría de ellas acumulándose en la zona de la costa y, especialmente, en el delta del Ebro. De nuevo, la cifra de visitantes choca con el número de habitantes de este territorio, que es de 190.600 personas, lo que supone que por cada ciudadano se registran anualmente casi 5 turistas.“El Delta se está perdiendo y acabará siendo para cuatro turistas, porque no han querido hacer bajar los sedimentos. ¿Quién vendrá aquí si no se puede cultivar arroz? Los turistas. Porque los jóvenes no se quedarán con terrenos de arroz que se ahogan de agua salada y se inunda todo lo que tienen alrededor”, relata con contundencia la Marga Quera, vecina del Poble Nou del Delta. La regresión del Delta ha sido lo bastante rápida como para que con tan solo una generación se hayan producido cambios ecológicos, sociales y económicos considerables.Los habitantes del núcleo de Poble Nou del Delta lo han vivido de primera mano. “Entonces teníamos escuela, cura, una tienda de comestibles y una panadería. Ahora no tenemos nada”, afirma Quera, que explica que para ir a buscar el pan tiene que ir a la Ràpita mientras que de alojamientos turísticos en el pueblo hay más de veinticinco. Una dinámica de transformación similar ha seguido Reykjavík: “Difícilmente encontrarás en la capital algún supermercado, más allá de los pequeños establecimientos de 24 horas hechos para turistas. Los habitantes tienen que ir a las afueras de la ciudad. Tampoco es una gran molestia porque, de hecho, solo unos pocos no viven en zonas residenciales”, expone Huijbens.

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Como Marga, muchos de los vecinos del Delta recuerdan el Trabucador como una playa ancha y sólida. “Antes, para pasar de un lado a otro de la playa del Trabucador había una distancia de 20 minutos caminando, ahora hay escasos 5 minutos entre la parte del mar interior y la costa. Tanto es así, que antes la gente de los pueblos de alrededor se construía cabañas para pasar los meses del verano frente al mar. Ahora no habría espacio para hacerlo”, relata.Las protestas sociales por la defensa del territorio

Las borrascas más recientes como la Gloria (2020), la Filomena (2021) y la dana (2025) han sido un simulacro del paisaje proyectado para las siguientes decenas de años. En cada uno de estos temporales los campos de arroz han sufrido inundaciones de agua salada que han abatido las cosechas y han desmantelado los sistemas costeros, siendo especialmente vulnerable la playa del Trabucador.“Temor no tenemos, los que nos hemos criado aquí. Ya hemos visto cambiar tanto el paisaje… y al final nos hemos ido adaptando. Pero, evidentemente, sí que nos duele ver cómo lo que tenemos alrededor va desapareciendo”, relata Quera. Pero el dolor no siempre es pasivo. Cada uno de los temporales han sucedido diferentes movilizaciones ciudadanas que reclaman más atención y medidas a la regresión del delta del Ebro.De hecho, las reclamaciones de medidas para ser resilientes a los desastres ecológicos –especialmente, ante la pérdida de paisaje, por el componente simbólico en términos de identidad– pueden convertirse en una oportunidad para generar cohesión social y movilizar a la acción. En Islandia, el año 2019 también se vivió un éxito similar. En la cima del Okjökull, que había sido una larga lengua de hielo, se llevó a cabo el primer “entierro de un glaciar”, donde participaron un centenar de personas, además del primer ministro islandés, Katrín Jakobsdóttir, y la alta comisionada de la ONU para los Derechos Humanos, Mary Robinson. En el acto se instaló una placa conmemorativa titulada “Carta para el futuro”, en la que se aseveraba lo siguiente: “Este monumento es para dejar constancia de que sabemos qué está pasando y qué hay que hacer. Solo vosotros sabréis si lo llegamos a conseguir”.