Julia Navarro: "En la sociedad de las libertades cada vez nos autocensuramos más"

BarcelonaDesde que publicó, con una gran repercusión entre los lectores, La hermandad de la Sábana Santa (2004), poco después de cumplir 50 años, la entonces periodista Julia Navarro consiguió hacer realidad uno de los sueños que tenía de pequeña: ganarse la vida escribiendo novelas. Casi dos décadas después, y con siete novelas más publicadas, la última de las cuales es De ninguna parte (2021), la autora madrileña sigue siendo uno de los grandes bestsellers de Penguin Random House. Sus libros superan los cinco millones de ejemplares vendidos y se pueden leer en una treintena de países. Movistar++ estrenó hace unos meses una serie de televisión basada en Dime quién soy. ¿Pero quién se esconde detrás de la coraza de éxito de la escritora?

Dos de sus pasiones obvias han sido el periodismo y la novela. Hay una más subterránea, la danza.

— Sí. Me habría gustado ser bailarina. De pequeña me encantaba el ballet clásico, pero, a diferencia de ahora, no había tantas escuelas como ahora que enseñaran, y era más difícil viajar a otros países para quedarse una temporada. Lo que de verdad habría querido era marcharme a Londres a estudiar danza clásica.

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Pero no pudo ser...

— No. Una profesora del instituto donde iba me animó a escribir ficción. Sacaba muy buenas notas en las asignaturas de literatura, arte e historia. Tenía mano para las humanidades, y era lo que más me interesaba.

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¿En su casa aceptaron que se decantara por el periodismo?

— Tuve la suerte inmensa de recibir una educación en la que la libertad y la igualdad eran importantes. El periodismo, al que dediqué 35 años –desde la prensa escrita hasta la radio y la televisión–, ha sido una gran escuela de vida. Y me ha dado la oportunidad de acumular una gran cantidad de experiencias. El problema es que cuando el periodismo te apasiona le dedicas cada hora del día. No es un trabajo con horarios de funcionario.

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Aun así, acabó encontrando el tiempo para escribir La hermandad de la Sábana Santa.

— Compaginar el periodismo con la escritura de las novelas pasaba factura a mi salud. Tuve la suerte de poder alejarme en un momento en el que el oficio empezaba a cambiar. Crecía el periodismo de trinchera, alineado con un partido u otro. Mi manera de pensar no es desde la militancia. Además, el populismo irrumpió en los medios, y se empezaron a frivolizar hechos importantes.

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Precisamente uno de los dilemas éticos de esta nueva novela, De ninguna parte, tiene que ver con la divulgación periodística de una amenaza terrorista.

— El debate moral en las redacciones de los medios es uno de los tres temas que tenía en la cabeza cuando empecé a escribir el libro. Si se difunde una amenaza terrorista, ¿estamos haciendo propaganda? Si no lo hacemos, ¿hasta qué punto estamos vulnerando el derecho a saber de los ciudadanos?

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¿Cuáles eran los otros dos temas?

— El problema del terrorismo yihadista en Occidente: acabamos de conmemorar el vigésimo aniversario de los atentados de Nueva York, y desde entonces hemos visto ataques terribles en Francia, Bélgica, Alemania... y, claro, en Madrid y Barcelona.

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Buena parte de la acción del libro transcurre en Bruselas.

— Es la capital de Europa, un lugar altamente representativo, donde están todas las instituciones.

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¿El tercer tema que tenía en la cabeza cuál era?

— Quería reflexionar sobre las migraciones. La historia de la humanidad es una historia de migraciones. Los últimos años, guerras como las de Iraq, Siria y Afganistán han provocado éxodos masivos, que se suman a las migraciones desde África. Nunca abandonas tu país por gusto, sino por situaciones de pobreza, violencia y conflictos armados. Esta gente se marcha, dejando todo lo que tenía, y llega a sociedades que tienen otros códigos de conducta y tradiciones...

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Dos de los personajes principales son nacidos en el Líbano: Abir ve cómo el ejército israelí mata a sus padres por error y jura vengarse; Jacob acaba viviendo en Tel Aviv y trabajará para defender un país, Israel, con el que no se acaba de sentir cómodo.

De ninguna parte es una novela sobre el desarraigo. Ni Abir ni Jacob se sienten integrados, arrastran su condición de extranjeros allá donde van. Abir acaba en París, con sus tíos, que lo educan en el rigor religioso y las costumbres más conservadoras. Nunca acaba de ser francés, pero tampoco del lugar de donde venían los padres. Europa no ha sabido integrar culturas como la musulmana. El choque entre unos y otros no se puede negar. Aun así, tengo la sensación de que se habla más bien poco de ello. En la sociedad de las libertades cada vez nos autocensuramos más.

La novela aborda también cómo podría cambiar el papel de la mujer en comunidades musulmanas instaladas en Europa.

— Nora paga un precio altísimo para llegar a ser ella: tiene que elegir entre la familia y su vocación. La madre de ella, que va tapada de los pies a la cabeza y lleva hijab, a pesar de que se siente incapaz de romper con el marido y con la religión, necesita apoyarla. A lo largo de los siglos, las mujeres hemos sido propiedad de otros. Llegar a decidir nosotras nos ha costado mucho. Estamos acostumbradas a luchar para ensanchar nuestros espacios de libertad.

Como escritora, ¿se siente más reconocida ahora que cuando empezó a publicar?

— Sí. Cuando debuté noté la mirada condescendiente del paternalismo y el machismo. ¿Por qué mis libros solo podían interesar a las mujeres? ¿Por qué creían que solo escribimos sobre el amor, los pajaritos y las flores? Por suerte, esta mirada despectiva hacia la literatura escrita por mujeres ha ido cambiando. Ahora el mundo literario es más abierto y más plural. Me parece una buena noticia.