40 años de Chernóbil

Esta semana se han cumplido 40 años de Chernóbil. 

Las centrales nucleares es el gran reto, social, económico y energético de las próximas décadas. Es un asunto sin consenso político, repercusión social, y gran impacto económico. Ahora, además, geopolítico.

En la UE, la generación eléctrica se reparte aproximadamente así: 44% renovables (eólica, solar e hidráulica), 23% nuclear y 33% es fósil, fundamentalmente gas (20%) y carbón (10-13%).

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España presenta un perfil algo distinto: las renovables superan el 50%, la nuclear se sitúa alrededor del 20% y el gas ronda también el 20%, mientras que el carbón es ya residual.

Más de la mitad de la electricidad europea está vinculada a insumos externos, pues el gas y el carbón son, en su mayor parte, importados. El otro 50% corresponde a energía generada con recursos propios: renovables y nuclear. La renovable es variable y la nuclear aporta generación continua.

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Si el objetivo es eliminar la generación fósil para no depender de otras regiones, necesitamos una fuente de energía para rellenar el tercio del sistema eléctrico europeo que nos dan los fósiles. Sustituir ese 30-33% únicamente con renovables exigiría un sobredimensionamiento masivo acompañado de almacenamiento a gran escala, todavía costoso e insuficiente.

Hoy por hoy, la única alternativa, mal que nos pese, es ampliar la base nuclear. En términos aproximados, la Unión Europea cuenta hoy con unos 100 reactores operativos. Para sustituir completamente el gas y el carbón, sería necesario añadir del orden de 120 a 150 nuevos reactores de tamaño estándar en el conjunto europeo. Es más que doblar la cantidad actual y requeriría dos o tres décadas y repartir la ubicación entre los principales países.

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El argumento de seguridad se suele invocar como freno. Sin embargo, la evidencia muestra un sistema con estándares muy elevados. Desde Fukushima en 2011 no se ha producido ningún accidente grave en el mundo desarrollado, y en Europa occidental el parque nuclear lleva décadas operando sin incidentes de impacto sistémico.

No tiene demasiado sentido invocar el temor a un accidente. Europa ya convive con energía nuclear. Ampliarla no introduce una categoría de riesgo nueva. El riesgo ya existe. 

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La nuclear ofrece una base estable, predecible y sin emisiones directas. Permite sostener el sistema cuando no hay sol ni viento y reduce la dependencia de países para nada afines. Para la industria, significa precios más estables. Para el conjunto de la economía, menor vulnerabilidad.

Cuarenta años después de Chernóbil, Europa tiene por delante una decisión difícil. Pero no nos queda otra.