La advertencia de Ripoll
Las derechas tienen ya muy avanzado su flirteo con la extrema derecha. Y no vale dormirse. Dos concejales del PSC de Ripoll rompieron el tabú al salvar los presupuestos a Sílvia Orriols, alcaldesa de Ripoll y referencia del neofascismo catalán. Afortunadamente, el partido ha intervenido y los concejales han puesto su cargo a disposición de la dirección del PSC, un paso hacia la puerta de salida. Todos sabemos que, en el ámbito de la política local, la psicopatología de las pequeñas diferencias entre aliados naturales puede dar combinaciones extravagantes, y que miserables intereses personales pueden hacer saltar la mesa. Pero, en un momento en que el PP se ha quitado la careta en toda España y Feijóo ha apostado por la normalización de Vox –cargando con la mochila de Abascal–, que los socialistas rompieran el tabú democrático dando reconocimiento a la líder de la extrema derecha catalana era un regalo para las derechas (de Cataluña y de España) y un signo inquietante –y aparentemente innecesario– de debilidad. Esperemos que la anécdota tenga el valor de vacuna. Ahora que Pedro Sánchez busca el rol de líder europeo en la lucha contra el neofascismo, era un exabrupto patético.
Los socialistas han cortado en seco la patinada de Ripoll. Pero el PSC –estilo Salvador Illa– ha hecho del perfil bajo y la gobernanza discreta su manera de estar en el mundo. Ha tenido éxito en un momento de resaca en la política catalana porque se quiso estirar más el brazo que la manga y el principio de realidad impuso su implacabilidad. Illa ha sabido capitalizar la frustración. Sin embargo, la agenda de Vox marca hoy el paso de las derechas españolas. Más que nunca, ni una sola frivolidad: el no a la extrema derecha no admite matices. Al neofascismo, ni agua. El problema del PSC es que la gestión, por positiva que sea, se agota si, en nombre de la normalidad y la convivencia, se pretende que la eficiencia práctica haga prescindible la ilusión de un proyecto. La lógica del día a día, sin una cierta mirada adelante, puede dar exabruptos miserables como el numerito de Ripoll. Ha sido una anécdota, pero debería servir de advertencia para transmitir más sentido a la acción.