19/04/2022

Ahora, espiados

3 min
Las boy escouts ilegales son una vulneración de los derechos civiles.

El Lunes de Pascua, día en que muchas familias catalanas celebran la fiesta de las monas, algunos recibimos de un padrino lejano un obsequio muy especial. El padrino es una organización canadiense sin ánimo de lucro denominada Citizen Lab, y el obsequio tenía forma de descubrimiento: se nos revelaba que, después de una investigación independiente, minuciosa y seria, la conclusión era que más de cincuenta dirigentes políticos y asociativos catalanes del mundo soberanista habíamos sido espiados a través de un software que se había infiltrado en nuestros móviles.

En nuestra mona había cuatro huevos de chocolate, situados en forma de cuadrado. En el momento de romperlos saltó otra sorpresa: el programa que había penetrado e infectado nuestros teléfonos móviles solo lo podían adquirir los gobiernos o las agencias estatales de inteligencia.

Ya teníamos, pues, la mona completa: conocíamos el padrino, un buen padrino, y habíamos recibido un buen obsequio: la revelación de que habíamos sido espiados por un programa llamado Pegasus, nombre curioso que nos recuerda una constelación de estrellas que se dibuja como un cuadrado gigante, o bien el caballo blanco alado que en la mitología griega es capaz de volar hasta los dioses. Justo es decir que en nuestro caso el Pegasus parece alejarse de los dioses para enfangarse en un terreno bastante más terrenal...

Pasada ya la Semana Santa y de regreso, por lo tanto, a nuestro día a día, la lección que podemos sacar de nuestra particular historia es que una vez más –y ya parecen innumerables– los derechos fundamentales de determinadas personas han vuelto a ser pisados. Constatamos otra vez –la enésima– que en el estado español puedes ser perseguido por tus ideas. Según lo que pienses, tus derechos pueden ser vulnerados.

En el caso que nos ocupa, si observamos el abanico del medio centenar largo de personas afectadas –de momento– veremos que el espectro ideológico es muy plural. Aun así, hay una idea que nos une a todos: Catalunya, como cualquier otra nación, tiene derecho a decidir su futuro colectivo. El derecho a la autodeterminación es un elemento natural y consustancial a la existencia y el devenir de cualquier pueblo; también del pueblo catalán. Pues bien, para pensar en estos términos y defender sin violencia estos objetivos podemos ser castigados, esta vez en forma de espionaje, se supone que de manera premeditada, organizada y probablemente ilegal. Se nos dirá que no, que no se nos castiga por nuestras ideas, sino por nuestros actos en contra del estado de derecho. Y yo me pregunto si violar la intimidad de determinadas personas haciendo uso de un programa diseñado para luchar contra terroristas no es un ataque en toda regla al estado de derecho. A partir de los hechos ahora descubiertos, ¿alguien abrirá diligencias de investigación para aclarar si se han violentado derechos fundamentales? Los que fuimos los primeros, ahora hará diez años, en sufrir las acciones de la llamada policía patriótica sospechamos con fundamento de causa que ninguna instancia del sistema judicial español moverá ningún dedo para defender nuestros derechos. Ojalá me equivoque, pero la experiencia acumulada en los últimos años nos enseña que estamos en un nuevo episodio de indefensión.

Ahora volveremos a oír que España es un estado democrático y de derecho, garante de las libertades individuales y de los derechos fundamentales. Algunos, sin embargo, volveremos a pensar que esta afirmación está lejos de la verdad, porque ya hace demasiado tiempo que notamos el aliento de la injusticia en la nuca. Y recordaremos lo que el presidente Theodore Roosevelt dejó escrito: “Una gran democracia tiene que progresar, o pronto dejará de ser o grande o democracia”.

Ante esta nueva agresión, el mundo soberanista catalán, con sus acentos diversos, tiene de nuevo el reto de reaccionar unitariamente. Hasta ahora, salvo muy contadas excepciones, se ha respondido ante cada agresión con más desunión. Normalmente, la agresión externa provoca más unidad interna. Aquí, paradójicamente, es al revés. Con este nuevo episodio del aplastamiento de derechos, ahora en forma de espionaje masivo, tenemos una nueva ocasión de desmentir la profecía aznariana del “antes se romperá Catalunya que España”. Depende de nosotros, y solo de nosotros, demostrar al mundo y demostrarnos a nosotros mismos que somos capaces de liberarnos de las pesadas mochilas ideológicas y de plantear una respuesta compacta, comuna y compartida. Parece que en estos últimos días las primeras reacciones van en esta dirección de más unidad. Confiamos que este buen camino no se tuerza, pero por si alguien cae en la tentación de estropearlo, invocamos el amparo de los patrones de Catalunya, Sant Jordi y la Virgen de Montserrat, ahora que comenzamos la semana de sus festividades. 

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