Albert, Iñaki...

Estoy destrozada. Albert Rivera (el que fue líder del partido político Ciudadanos con Inés Arrimadas) se ha vuelto a quedar sin trabajo. Después de la triste pérdida que supuso para el mundo de la política su mutis, lo habían contratado de presidente en un bufete de abogados. Pues bien, me sabe mal decir que ahora el bufete acusa a este hombre, el que “solo veía españoles”, de bajo rendimiento. ¿Pero qué se esperaban?

No sé yo qué se le pedía exactamente al ex líder que, con un cachorro de perro en los brazos, dijo que “aún huele a leche”, pero no me puedo imaginar que fuera gran cosa. Tú contratas a Albert Rivera en un bufete de abogados y no será para que te haga de Perry Mason o de Ally McBeal. Supongo que hay una época de la vida, en la empresa privada, en que tu ocupación principal es traer cafés. Después, hay otra en la que tu ocupación principal es tomártelos. Un Albert Rivera yo entiendo que lo tienes allí y le haces ir a comer con los clientes, que de paso se hacen una selfie. Ir sacando trabajo, como Don Pío, que era el rey de las horas extras, no. Leemos que el hombre pidió cobrar unos beneficios y tener un cargo más alto. Le pasó, poco más o menos, como en su trabajo anterior. Pide aumento y lo echan.

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Yo ahora no querría hacer leña del ciudadano caído, pero sí que querría extraer una lección moral del caso. Pensando, sobre todo, en otro hombre, que también trabaja en otro bufete de abogados. Me refiero al cuñado del rey Felipe, ya ex de Cristina de Borbón, Iñaki Urdangarin. Quizás lo que hay que hacer en un trabajo así es leer el Marca. No incordiar mucho. Sobre todo, no querer ser el presidente. No espero mucho, en este sentido, del Duque Empalmado. Si alguien me quiere alquilar en un bufete prometo solemnemente que no haré nada.