¿Cuál es el alcance de la red de Epstein?
BarcelonaDurante años, Jeffrey Epstein formó parte de un mundo selecto. Un mundo de dinero, aviones privados, prestigiosas universidades, fundaciones, contactos políticos y una idea compartida según la cual ciertas preguntas –las incómodas– son de mala educación. Condenado por delitos sexuales, Epstein no fue expulsado de ese universo. Simplemente, el delito fue ignorado.
Una tarde cualquiera, en Cambridge, alguien del MIT Media Lab revisa una agenda antes de una visita importante. Entre reuniones con investigadores y filántropos aparece una breve anotación, casi codificada: "JE" La indicación es clara: aquella persona no debe aparecer en la agenda. No es necesario escribir el nombre completo. Todo el mundo sabe de quién se trata. Todo el mundo sabe también que el dinero asociado a ese nombre se ha ingresado. La escena resume con precisión quirúrgica quien era Jeffrey Epstein: alguien aceptado en privado sin preguntas incómodas.
Epstein no encajaba en ninguna categoría profesional clara. No dirigía un gran fondo, no publicaba rendimientos auditados, carecía de una trayectoria filantrópica trazable. Su talento no era financiero sino relacional. Administraba proximidad al poder. Sabía quién quería conocer a quién, qué instituciones necesitaban dinero y qué personas querían sentirse relevantes. Ejercía una función: hacer circular prestigio y entretener a la tropa.
Élite cosmopolita
Este papel tenía sentido dentro de una élite cosmopolita transnacional que no se identifica por fronteras ni ideologías, sino por un conjunto de códigos compartidos: lujo discreto, movilidad constante, confidencialidad y el convencimiento de que el éxito ofrece inmunidad moral. Este ecosistema –formado por bancos, universidades, fundaciones, bufetes de abogados, hoteles y aviones– es autosuficiente. Las mismas personas se encuentran en Nueva York, Londres, Davos o el Caribe. Las reglas no se discuten; se intuyen.
Epstein era funcional. Facilitaba encuentros, lubricaba relaciones, ofrecía espacios en los que el poder podía relajarse y reconocerse a sí mismo. Pero ese mismo entorno, a menudo descrito como sofisticado e ilustrado, funcionaba también como una trampa. Una trampa para hombres poderosos con excesiva confianza en su invulnerabilidad. Y una trampa devastadora para chicas jóvenes, pobres o desarraigadas, introducidas en este universo como si fuera una oportunidad y consumidas con desprecio.
En Palm Beach, en la mansión de Epstein, todo estaba calculado. Lujo sin rigidez, informalidad sin igualdad. Mujeres jóvenes entrando y saliendo. El sexo no aparecía como exceso, sino como moneda social, como un servicio implícito dentro de un mundo en el que dinero, contactos y cuerpos circulaban. Sabemos ahora que también flotaba la extorsión. No era necesaria ninguna amenaza explícita. Bastaba con la conciencia de que alguien podía recordar demasiado bien lo ocurrido y que se había fotografiado y filmado con una naturalidad y una sistematización que cuestan creer.
Cuando en 2008 Epstein fue condenado por delitos sexuales contra menores, su trayectoria debería haber terminado. No fue así. En su entorno la condena funcionó como un obstáculo gestionable. Su nombre continuó apareciendo en correos, agendas y conversaciones discretas. El delito era conocido, pero no era determinante. Una coreografía de irresponsabilidad compartida: decisiones pequeñas, racionales, defendibles por separado, devastadoras en su conjunto.
A pesar de la cantidad de documentos, correos y testimonios que han salido a la luz, el alcance real de las conexiones políticas de Epstein sigue siendo opaco. Se sabe con quién se relacionaba, qué círculos frecuentaba, qué nombres aparecen en agendas e invitaciones. Lo que todavía no está claro es a quien servía exactamente ese entramado. ¿Era sólo un intermediario social extraordinariamente hábil, o una pieza –voluntaria o instrumental– dentro de mecanismos de influencia y dependencia que superan el simple hedonismo de élite? La pregunta está abierta.
Epstein sobrevivió socialmente porque su mundo estaba entrenado para no hacer preguntas que cerraran puertas. El silencio, sin embargo, es una forma de capital. El abuso era menos incómodo que el conflicto. Salvo para Melinda French Gates.
Masculinidad autocomplaciente
Ver a Epstein como una aberración individual es tranquilizador, pero insuficiente. Lo más inquietante de su caso no es sólo lo que hizo, sino lo bien que encajó en una cultura que confunde privilegio con superioridad moral y éxito con abuso. La masculinidad que le hizo posible no es ruidosa ni primitiva. Es refinada, educada, autocomplaciente. Funciona a través del derecho a acceder, a consumir, a no tener que dar explicaciones. En este universo, el cuerpo de las chicas se convierte en prueba de éxito, en confirmación de poder, en parte del decorado, y las mujeres conniventes lo hacen para seguir formando parte de los privilegios.
Epstein entendió que el contexto ya hacía el trabajo. Que el lujo anestesia. Que el prestigio protege. Que el silencio sea más eficaz que cualquier amenaza. El verdadero escándalo no es que Epstein existiera, sino que durante tanto tiempo tan pocos encontraran motivos para levantarse de la mesa. O de la cama.