Atrapado en la guerra de Irán, Donald Trump ha optado por endurecer las represalias contra la Unión Europea. La amenaza de guerra comercial ha vuelto a salir del cajón para castigar, precisamente, los recelos aliados a verse involucrados en la batalla por reabrir el estrecho de Ormuz. Cuanto más presiona Trump, más se aleja la UE. La distancia transatlántica empieza a ser insalvable porque ya nadie oculta un desencanto mutuo que amenaza con derrumbar más de setenta años de entendimiento y de una visión compartida del mundo. Incluso la vieja Europa que aún intentaba mantener las formas con el presidente de los Estados Unidos –como Giorgia Meloni o Friedrich Merz– ha ido cayendo en desgracia al no someterse a la agenda errática de la Casa Blanca.
El viernes 1 de mayo Trump volvió a amenazar a la UE con un aumento de los aranceles a las importaciones de coches y camiones europeos. Un golpe directo a la ya bastante presionada economía alemana, que se sumaba también al anuncio de retirada de 5.000 soldados de los Estados Unidos estacionados en Alemania en los próximos meses. Y todo porque el ego del inquilino de la Casa Blanca se sintió herido por un comentario del canciller Merz en el que decía que si Trump quería la ayuda europea en Ormuz quizás debería haber hablado con esta banda del Atlántico antes de empezar una guerra que no sabe cómo acabar.
Cada nueva desavenencia con Washington acelera la inevitable transición europea desde el acuerdo de seguridad construido con los Estados Unidos después de la Segunda Guerra Mundial hacia la necesidad de desarrollar capacidades de defensa propias.
Además, el choque vivido los últimos días entre Washington y Berlín se explica también por la metamorfosis identitaria que sacude Alemania, que se ha traducido en una nueva apuesta militar que ha llevado a Berlín a anunciar un plan millonario de inversión en armamento y a declarar la ambición de construir el ejército más poderoso de Europa. El año que viene el gasto militar alemán será tan alto como el de Francia y Gran Bretaña juntas, y prevé incrementar-lo aún más de cara al 2030.
A pesar de todo, y a diferencia de Trump, buena parte de la Unión continúa abrazando una cierta prudencia retórica. La conciencia de saber que la dependencia europea de los Estados Unidos no ha parado de crecer desde la guerra de Ucrania hace que el lenguaje oficial module bien las batallas transatlánticas que están dispuestos a desplegar. Es significativo, sin embargo, que Bruselas haga servir hoy el mismo concepto de “minimización del riesgo” (de-risking) de las dependencias estratégicas tanto para hablar de China como de los Estados Unidos.
El verdadero cisma transatlántico, sin embargo, se ha hecho aún más visible en Ucrania. La semana pasada, después de una conversación telefónica con Vladímir Putin, Trump declaró a los periodistas que Ucrania había perdido la guerra y que, si no eran conscientes de ello, es porque los medios desinforman. No es la primera vez que el presidente de los Estados Unidos declara Rusia vencedora de una confrontación todavía abierta, y anuncia unilateralmente que la fuerza de Putin debe ser recompensada, incluso, con más territorio del que ha llegado a ocupar en Ucrania. Trump prioriza el entendimiento con el Kremlin, y el enquistamiento del frente ucraniano es un obstáculo en este mundo de agendas imperiales que comparten Washington y Moscú.
También es en Ucrania donde la UE ha decidido dar el paso adelante en su emancipación transatlántica. Europa es, en estos momentos, el proveedor de prácticamente toda la ayuda exterior que recibe Kiev.
Europa se prepara para vivir sin los Estados Unidos. El encuentro de la Comunidad Política Europea en Ereván, la capital armenia, con el primer ministro canadiense, Mark Carney, como invitado, ha servido estos días para escenificar el fortalecimiento de este otro vínculo transatlántico. "No creemos que estemos condenados a someternos a un mundo más transaccional, insular y brutal", ha declarado Carney en la inauguración, este lunes, de esta cumbre diplomática con vocación continental, un foro informal que se reúne dos veces al año y que ha conseguido convertirse en un espacio de influencia y de articulación de unidad política. Y todo esto pasa en un país que intenta rebajar su dependencia de Rusia, y que hace pocos meses abrazó la mediación de Trump para intentar resolver su conflicto fronterizo con Azerbaiyán.
En Ereván, los europeos también se comprometieron a reforzar aún más sus propias capacidades de defensa, sobre todo después del anuncio de retirada de las tropas norteamericanas de Alemania. Ahora bien, el canciller, Friedrich Merz, ha sido uno de los grandes ausentes del encuentro. Por eso preocupa una agenda alemana que parece decidida a fortalecer las capacidades de su país con el mismo afán con que propone adelgazar la maquinaria comunitaria. Si la UE quiere convertirse en un auténtico actor geopolítico, debe hacer más que fortalecer su capacidad militar. Y debe hacerlo conjuntamente.