El alumnado en el agujero negro de internet

Parece que la respuesta política a los retos actuales de la educación está pasando por una doble vigilancia, la digital y la policial. Sobre la policial ya se ha escrito mucho en estas páginas. En cambio, sobre la vigilancia digital no tanto. Podemos decir que tenemos una educación googlelizada o plateformizada. El alumnado de primaria de una escuela pública –y también de las universidades–, cuando empieza ya tiene un correo de Gmail para acceder a Google Classroom. Es una herramienta que convierte la educación en un espacio publicoprivado donde la publicidad, el entretenimiento, la educación y el potencial contenido sexual se mezclan. En uno de los libros oficiales escolares se pide al alumnado que busque una palabra no en el DIEC digital sino “en internet”. Hagamos el ejercicio: ponemos la palabra en el buscador, leemos el resultado automático de Gemini que aparece como destacado –a veces lo traduce automáticamente, o se inventa resultados o no lo encuentra–; o ponemos la palabra en YouTube, haciendo que termine en una larga cadena de vídeos llamativos y seductores. Usamos una de las fichas del Google Classroom, aparecen anuncios de productos, el niño se concentra en el producto y no en el ejercicio. Y un largo etcétera.Si escalamos el problema de la clase a la geopolítica, hace un par de semanas Palantir se convirtió en un tema de preocupación general a raíz de la publicación de las 22 tesis tecnofascistas y etnosupremacistas de su director, Alex Karp. El resultado inicial fue un incremento del valor de las acciones en bolsa de la empresa de software al servicio de la guerra y de la vigilancia institucional. Estas estrategias valen para las empresas vinculadas a la IA o para las tecnológicas como Amazon, Alphabet (Google), Meta, Tesla... Es decir, para los grandes monopolios digitales dentro de lo que se ha llamado “capitalismo de plataforma”, un capitalismo que saca rendimiento económico y financiero del comportamiento humano mediante el análisis de todos los datos digitales que producimos en las diferentes plataformas y servicios, también los vinculados con la educación pública. A través de estas infraestructuras, la cotidianidad y la geopolítica devienen vasos comunicantes, también el entretenimiento, la educación y la guerra.

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A finales de los años setenta, el analista y consultor Roger Clarke ya hablaba de dataveillance (vigilancia a través de los datos). Hacía referencia al paso de una vigilancia de los individuos a través de elementos físicos a una vigilancia de bajo coste enfocada en el comportamiento de la gente a través del rastro de datos digitales cada vez más voluminosas, a pesar de que en aquella época internet se centraba, sobre todo, en ARPANET (usos gubernamentales y académicos). Utilizar esta tecnología, según Clarke, implicaba una serie de riesgos: las identificaciones erróneas, la falta de contexto de los datos, las listas negras y la caza de brujas, la arbitrariedad, las predicciones de culpabilidad, la publicidad selectiva, las operaciones encubiertas, las acusaciones anónimas, la generación de relaciones adversarias, las aplicaciones injustas de la ley, la minorización del sentido de la responsabilidad individual (uno de los elementos que Donatella Di Cesare destaca en su libro Tecnofascismo), la imposibilidad de la autodeterminación y la creación de un clima de sospecha permanente. Hoy en día, empresas como Palantir abogan por explotar todos estos usos y retornar al internet de después de la Segunda Guerra Mundial, cuando formaba parte del complejo industrial-militar; una consideración dual de la tecnología digital conectada como arma informativa y de guerra.Es decir, todo parece una cadena de despropósitos: las contrataciones oficiales con monopolios norteamericanos de aculturación neoliberal, unos protocolos tecnológicos innegociables, unos libros de texto que llevan al alumnado hacia el agujero negro de internet sin pautas ni ningún tipo de guía, una importación de herramientas digitales sin alfabetización previa tanto por parte del profesorado como por parte del alumnado, y un cuerpo de profesorado justificadamente cansado que se declara en huelga y al cual, en lugar de escucharlo y reforzarlo, se le compensa con vigilancia policial en las aulas y más software.

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Por todo ello, hay que prestar atención a las alternativas. El gobierno francés ha decidido migrar la informática pública hacia Linux (software libre). Esta transición afectará a todas las capas digitales: las estaciones de trabajo y los sistemas operativos, las herramientas de colaboración y comunicación, los softwares antivirus y de seguridad, la inteligencia artificial y los algoritmos, las bases de datos y el almacenamiento, la infraestructura de la nube... El objetivo es claro: desvincularse de la dependencia del imperialismo norteamericano, de sus empresas y su marco de guerra publicoprivado. También lo están haciendo progresivamente Dinamarca, Alemania, Filipinas, la India, etc.Si se quiere velar por la preservación de la democracia y de las diferentes formas de soberanía cultural y educativa, hay que mirar qué relación establecen los gobiernos con estos monopolios. ¿Por qué el gobierno español y el catalán no rompen los contratos con AWS (Amazon), Google o Microsoft? En el plano educativo existen iniciativas como el proyecto de suite DD de XNet (2022) dentro del marco del Plan para la Privacidad y la Digitalización Democrática de los Centros Educativos, o el proyecto Linkat de la Generalitat (2006, versión estable 2023). En 2025 comenzó el Plan de Digitalización Responsable de la Generalitat de Catalunya, pero está lejos de responder con contundencia política a todas estas evidencias económicas, educativas y culturales. Si en 2020 se pudo virar hacia la digitalización de la educación en un modelo que, más que una migración, era un “tsunami digital” (una transformación de emergencia no meditada), si en cinco años la IA y la economía digital vinculada a la guerra ha podido cubrir una dimensión planetaria, un plan de digitalización responsable debe poder responder a la urgencia del momento.