Amor en castellano

Escenas de matrimonio. Decía Mercè Rodoreda que “El amor, cuanto más lejos más bonito”. Escritora y nombre de calle de pueblos de Cataluña a docenas. Hay muchos pajaritos que eligen pequeñas localidades para construir su nido de sangre caliente. No vienen de lejos. Son parejas que alzan el vuelo de ciudades cercanas (15, 20, 30 mil habitantes) y aterrizan aquí paseando su pasión cercana que sale de la boca en castellano.

Ahora hay un amor de pueblo en castellano. Nunca se había oído tanto. Estos jóvenes (de veintitantos y treinta y tantos que quieras) optan por los pueblos por mil razones: la vivienda, la llegada del primer torrente neuronal del ya-somos-mayores, la geometría astrofísica de la terraza para poder ver mejor el próximo eclipse de aquí 150 años, o, como en la mayoría de los casos, la escuela de los niños. Detrás del rollo de iglesia del advenimiento de la séptima puerta sin llave y cerrojo de nuevas cosmogonías pedagógicas lo que hay es una huida a la carrera, y grasa nerviosa, de colegios por la inmigración, los conflictos... Las escuelas rurales y las pequeñas (con infantil y primaria) se llenan de parejas así.

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Pajaritos que han pasado por el sistema educativo catalán. Supuestamente hicieron una inmersión lingüística. Pero tal vez solo fue una clase de natación desincronizada. Ahora la libre elección es ya hablar castellano. A los críos ya les hablarán en catalán en la escuela. La vida, real, en directo, es en castellano. Su ideología es la del me-la-sua-todo. Esta desidia en el aire, este desaliño gestual, verbal. Este caminar y actuar a cámara lenta. Esta estética de la desorientación vendida como victoria. Esta pobreza de todo.

Hay unos amores de pueblo de recién llegados en castellano. Dirán alguna frase escasa en catalán con el de la tienda de compra semanal, con la señora del FBI-KGB de la silla de mimbre que saludan al salir de casa, pero en algún momento de su existencia estos jóvenes dejaron el catalán desatendido, abandonado, en el primer domicilio. Y ahora exportan el castellano por doquier: como una empresa de transporte de mudanzas.

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Mucho trabajan por lo mismo. Es un negocio. Sumemos en este equipo colectivo los proveedores fijos que no hablan catalán ni con sus hijos, el banco de la plaza, la sombra del moral de la calle mayor… Ni que les pongas una moneda. Y podríamos continuar añadiendo profesionales multidisciplinares, multipolifórmicos, multi lo-que-haga-falta, menos en catalán. Y enfrente tienen a la gente del pueblo. Los de siempre, los de toda la vida. ¿Y qué hacen ante esta nueva obra de hormigón imparable? Hablar en castellano.

Mucho encefalograma plano-bledo-soleado-fotosíntesis-subvencionado cree que el castellano solo se oye en Barcelona. El nacionalismo analfabeto se cura viajando… por Cataluña. Hace falta un turismo lingüístico. Para oír el castellano en los pueblos. Sí, claro, listos, muchas lenguas, que los inmigrantes no llegaron ayer, eh, pero la lengua vehicular, normal, natural, racional, legal… se va edificando ladrillo a ladrillo: el castellano. En él trabajamos todos. Nos esforzamos mucho. Hacemos todo lo posible para que sea así.

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“El amor me da asco”, dice al inicio de Aloma Mercè Rodoreda. Libro escrito en 1936 con el último olor de las magnolias que ya se giraban con la guerra. Publicado en 1938, cuando todo estaba mustio, marchito, muerto. El amor, sí, el amor es muy bonito, pero cuando está en catalán… Lejos, lejos, lejos de la ciudad, el pueblo, el mundo, el universo… la boca, el aire, de todas partes.