Educación: la uniformidad es un camino peligroso
En el discurso del Museo Marítimo del 14 de septiembre, el presidente Illa se mostró muy consciente de la distancia entre la realidad de la educación catalana y los ideales que la han inspirado. Pero no se resigna y nos dice: “Debemos llevar la educación catalana a la excelencia”. Estoy de acuerdo.
Podemos tener voluntad de excelencia y podemos aumentar recursos. Pero no será suficiente: también hay que diseñar ya desde ahora mejoras que sean posibles y significativas. Y he aquí la dificultad: ¿cuáles son?
De los grandes retos que nos queman, el de la educación es, a mi parecer, el más difícil. En vivienda somos lentos a la hora de reformar marcos normativos, pero se acabará haciendo. En Rodalies se actúa, y una mejora perceptible a medio plazo es muy probable. Salud y educación son diferentes: en ellas domina el factor humano, ya que hay que saber alinear con eficacia los esfuerzos de los trabajadores públicos. El sistema de salud funciona con una calidad que se trata de preservar. En cambio, el sistema educativo no funciona y se trata de reformarlo. ¿Cómo?
La chapuza de PISA ilustra la mala situación. También nos ha dado una información que no teníamos. Es dramático, pero no sorprendente, que los choques epidémicos y demográficos conlleven que un 20% de los alumnos se retrasen mucho. ¿Pero y el 80% restante? Los resultados de PISA para la muestra censurada se han conocido. No es ningún gran desastre, pero no podemos concluir que nuestro problema es solo del 20%. Sería natural que la muestra censurada nos pusiera por delante de las no censuradas del resto de España. Lo hace, pero con una excepción que escuece: en matemáticas, nuestra censurada queda, aun así, por debajo de la no censurada de Madrid.
El curso 25-26 el sistema educativo público catalán ha contado con 81.158 docentes (29.047 la concertada), tantos –y tan diversos– como la población de Manresa. En la educación los docentes lo son todo y, por lo tanto, su volumen significa que la recuperación no puede venir solo de mejoras en la selección inicial, sino que también tiene que pasar por saber aprovechar las habilidades y capacidades de los que tenemos. En un colectivo tan amplio, hay muchos que son apasionados de la lectura o de las matemáticas. Les tenemos que dar la oportunidad de contagiar la pasión a los alumnos. Pero solo lo conseguiremos si rompemos el espíritu homogeneizador que ha dominado la política educativa y abrimos la puerta –como recomienda la OCDE– a que los centros tengan un grado de autonomía y puedan generar acentos propios. El dirigismo uniformador no lo permite (¿qué ha sido de la espléndida tradición matemática del Vicens Vives de Girona?). No podemos equivocarnos con otra reforma uniforme. Sería demasiado costoso. Como mínimo, convendría que el dirigismo incluyera la práctica de proyectos piloto, pero mucho mejor sería –como es en Estonia, triunfadora de PISA– que entre los 81.158 seleccionáramos a los más capacitados para ser directores y les permitiéramos desarrollar un núcleo estable de docentes y un modelo propio dentro de un marco normativo amplio. Podremos ver entonces qué inflexiones pedagógicas brotadas desde el terreno dan mejores resultados.
Un sistema educativo que pretenda la excelencia debe tener dos objetivos: un buen nivel medio –el que mide PISA– y la garantía de que todos los alumnos puedan desplegar al máximo sus capacidades específicas. Un indicador indirecto de cómo nos va en el segundo objetivo nos lo dan los resultados en la Olimpiada Internacional de Matemáticas para alumnos de bachillerato. En España no destacamos en ello, y hago constar que el número de alumnos de centros catalanes que han calificado para el equipo español (de seis miembros) ha ido de cuatro el año 2023 a cero en los últimos tres años. La excelencia en la media y en la punta no van necesariamente juntas (Estonia no destaca en la Olimpiada; Rumanía destaca en ella, pero está por debajo nuestro en PISA). Pero pueden ir, y un buen ejemplo para España es Polonia: renta per cápita inferior a la española, PISA superior y una de las mejores actuaciones europeas en las Olimpiadas. La media de la posición de Polonia en las últimas cinco convocatorias es el puesto 17 del mundo, mientras que la de España es el puesto 47.
En el bachillerato (o en la FP de grado medio), facilitar que los alumnos puedan desplegar al máximo sus capacidades requiere o bien escuelas especializadas (se aceptan en deportes o música, pero no en ciencia; en Polonia las hay) o bien escuelas lo suficientemente grandes que puedan ofrecer a todos los alumnos un curso avanzado en las disciplinas para las cuales tienen vocación y aptitud. O combinaciones de ambas cosas.