Andic y la deuda moral de los ricos
Poco antes de morir, Isak Andic había empezado a perfilar lo que quería que fuera su gran obra final: una fundación destinada a canalizar parte de su fortuna hacia causas sociales. El fundador de Mango ya colaboraba discretamente con instituciones como Sant Joan de Déu, pero quería convertir aquel compromiso en legado. El proyecto no llegó a formalizarse. Y esta semana, la investigación judicial sobre la muerte del empresario ha convertido aquel proyecto filantrópico inacabado en una pieza central del caso.
Lo que Andic quería hacer iba más allá de la filantropía puntual. Existía la idea de que una gran fortuna comporta una responsabilidad pública. Y esta idea —poco arraigada en Europa— ha sido durante décadas una pieza central del capitalismo norteamericano. Desde Rockefeller y Carnegie hasta Buffett y Gates, la gran filantropía ha funcionado casi como una forma de legitimación moral de la riqueza. La donación masiva no es solo un gesto individual, sino una pieza más de la cultura económica de los Estados Unidos.
En Europa, la legitimidad de la riqueza se ha construido históricamente de otra manera. Allí donde el modelo norteamericano ha tendido a confiar más en la filantropía privada, el modelo europeo optó por institucionalizar la redistribución a través de estados del bienestar fuertes y sistemas fiscales progresivos. La idea no era que los grandes patrimonios devolvieran voluntariamente una parte de su fortuna, sino que la cohesión social quedara garantizada colectivamente desde las instituciones públicas. Por eso la gran filantropía nunca ha ocupado aquí el mismo lugar simbólico. Y en España, menos aún: las grandes fortunas continúan pensándose sobre todo en clave de continuidad familiar antes que de retorno social.
Pero Andic llega a esta tradición justo cuando el mismo modelo norteamericano empieza a resquebrajarse. El filósofo Michael Sandel hace años que advierte de los efectos corrosivos de la meritocracia. Cuando quienes triunfan acaban convencidos de que su éxito es exclusivamente fruto del talento y del esfuerzo, tienden a olvidar el peso del origen, las oportunidades o la suerte. Y cuando el éxito se vive como algo plenamente merecido, el sentido de obligación hacia los demás se debilita. Quizás por eso figuras como Elon Musk representan otra manera de entender la filantropía: no tanto como un retorno social de la riqueza, sino como una extensión del proyecto personal.
El caso Andic refleja estas dos transformaciones. Por un lado, la dificultad europea para convertir la gran filantropía en una institución estable más allá de la voluntad individual. Por otro, el desgaste de una cultura norteamericana donde la riqueza todavía se percibía como una deuda moral con la sociedad. Quizás el cambio más profundo no es que los ricos den menos, sino que cada vez se sientan menos obligados a hacerlo. Y cuando la riqueza deja de vivirse como una deuda, aquello que debía retornar a la sociedad se convierte solo en objeto de disputa.