La angustia por las guerras futuras
Aunque estamos en las fiestas de Navidad y parece que todo el mundo debe estar contento, la última encuesta del CIS dice que la principal preocupación de los españoles, frente a los próximos diez años, es la guerra, por encima del paro o el cambio climático. Lo dice una cuarta parte de la población encuestada, pero no explica los motivos de ese miedo.Al 3,5% le preocupan las tensiones internacionales, los conflictos económicos, el poder de China, la radicalización ideológica y los regímenes totalitarios, pero es un porcentaje demasiado pequeño para interpretar la primera cuestión.
En otra encuesta del CIS, de noviembre, aparecían más respuestas, aunque también insuficientes. Se preguntó a la gente si tenía sentimientos de miedo, a todos los efectos, y el 23% dijo que sí. Al preguntarles qué tipo de miedo, en primer lugar figuraban las guerras y conflictos actuales (76,8% de la gente que sentía miedo). A otra pregunta, sobre si España podría verse involucrada en una guerra en los próximos años, el 57% de las personas dijeron que podría estar con Rusia, el 42,2% con Marruecos y el 30,4% con Estados Unidos. Un 47,3% también creía que en los próximos cinco años una potencia externa podría atacar a un país de la Unión Europea, con una clara referencia a Rusia, y casi la mitad de las personas encuestadas creían que era necesario reforzar las capacidades militares de la Unión Europea.
No quisiera frivolizar el sentido de los miedos de tanta gente, porque por alguna razón los tienen, pero sí es necesario aclarar algunos de los factores que han influido en esta preocupación. Porque España no es Ucrania ni Venezuela.
En primer lugar, y de forma muy destacada, a raíz de la invasión rusa de Ucrania en el 2022, desde sectores atlantistas –y especialmente el secretario general de la OTAN– se ha ido repitiendo, una y otra vez, que antes de cinco años Rusia podría invadir otros países europeos, y que para otros países europeos, y que por otros países europeos, PIB, aunque esto comportara disminuir el gasto social y debilitar aún más el deteriorado estado del bienestar en Europa. Además, desde que Trump llegó a la presidencia, ha ido presionando a Europa para que destinara ese 5% a defensa, argumentando, falsamente, que Estados Unidos había sido tradicionalmente quienes defendían Europa con su presencia militar en el continente. Obviaba que son los Parlamentos de cada país europeo, y no EEUU, los que aprueban los presupuestos militares de forma soberana, y no copiando las necesidades de la gran potencia mundial, que además, a pesar de tener intereses en todo el mundo, no destina el 5% de su gasto a fines militares, sino el 3,4%. Por tanto, si no tienes esta ambición imperial, no necesitas gastar tanto en armas.
La segunda cuestión es la relativa al miedo a que Rusia invada países europeos a corto plazo. Esto es una mentira monumental, una estrategia de la industria militar porque compramos más armas (Trump dice que debemos comprarlas a empresas de su país). Por este motivo, se insiste en el peligro que corremos todos los europeos, cuando Rusia ya tiene trabajo suficiente para mantener sus posiciones anexadas a Ucrania. Más allá de eso, Putin no tiene capacidad de invadir ningún país de los alrededores, y menos de declarar una guerra abierta a la OTAN.
Hay toda una estrategia para agarrar miedo a la gente del continente, para volver a la guerra fría, militarizar a las sociedades y hacer realidad la doctrina de la disuasión ofensiva: tener una "capacidad letal", en palabras del secretario general de la OTAN. Las personas de a pie deberían tener más y mejor información sobre estas realidades internacionales para poder razonar sobre lo que es o no factible, diferenciar lo posible de lo probable y no dejarse engatusar, para no creer lo que no tiene sentido.
No, no tendremos ninguna guerra en Europa antes de cinco años. Pero si nos vamos militarizando cada vez más asentaremos las bases para que, ante cualquier conflicto que aparezca, ponemos sobre la mesa la opción militar como primera opción, dejando a un lado la actuación política y diplomática para resolver los conflictos, tal y como habían aprendido al finalizar la anterior guerra fría.