La batalla digital entre Europa y Estados Unidos

El abucheo a JD Vance en la inauguración de los Juegos Olímpicos de Invierno en Milán se ha convertido en la representación sonora de un estado de opinión que va arraigando en la Unión Europea. La arrogancia del trumpismo ha despertado un imperceptible orgullo herido europeo que empieza a asomarse. La "ruptura" que anunciaba el primer ministro canadiense, Mark Carney, en Davos ha comenzado también en este lado del Atlántico. Es todavía embrionaria. Más declarativa que real. Pero la UE ya ha acotado el terreno de juego de la confrontación con Estados Unidos que está dispuesta a luchar: el espacio digital.

Hace un año justo, el vicepresidente Vance advertía a los líderes europeos presentes en la cumbre sobre inteligencia artificial que se celebraba en París que en EEUU no aceptarían una legislación destinada a "apretar a las empresas americanas", y señalaba directamente la ley europea de IA y las leyes para regular los servicios y los mercados digitales como las responsables de Silicon Valley. Los enfants terribles de la innovación digital llevan años presionando y aplicando estrategias millonarias de lobi para intentar detener o aguar la respuesta normativa europea a una competición tecnológica global que se entrega a todos los niveles del proceso de digitalización, desde las administraciones públicas hasta la economía, desde los espacios privados hasta las mentes de los usuarios de las redes sociales. Una batalla que, con el regreso de Donald Trump a la Casa Blanca, ha sumado la virulencia de la administración trumpista a su causa. El presidente de la posverdad y las realidades alternativas ha sentenciado que no puede haber freno alguno al poder de unos oligarcas tecnológicos que están redefiniendo el mundo, desde las interacciones sociales hasta los conflictos bélicos.

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Poco a poco, la idea de "rebajar el riesgo" que supone esta dependencia económica, tecnológica y militar de la Unión Europea de un socio que ya no es fiable empieza a tomar forma. No es sólo el malestar que han ido expresando muchos gobiernos comunitarios: la distancia crece también entre la opinión pública europea. Una encuesta de YouGov publicada la semana pasada confirmaba no sólo la valoración negativa que despiertan EEUU de Trump en estos momentos, sino que, de todos los argumentos que Washington branda contra la UE, lo menos compartido entre los europeos es que la libertad de expresión está amenazada en este lado del Atlántico, al menos en los términos que denuncia la administración.

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Con la publicación de la Estrategia de Seguridad Nacional de EEUU, que anunciaba la voluntad de reforzar a los partidos políticos que desafían a la UE internamente, la Unión siente que se ha atravesado la línea roja de la injerencia. Desde la irrupción de Cambridge Analytica en el referendo del Brexit hasta la participación política de Elon Musk en los encuentros de la extrema derecha británica y alemana, las agendas ideológicas de Washington y Silicon Valley se han ido alineando en contra de la Unión Europea.

El diario británico Financial Times asegura que el departamento de Estado estadounidense planea financiar, este año, organizaciones y centros de pensamiento en toda Europa alineados con la doctrina MAGA. Según un informe del comité de Justicia del Congreso de Estados Unidos que recoge el mismo artículo, el objetivo es desmantelar la ley de servicios digitales (DSA, por sus siglas en inglés), que la UE aprobó en el 2023 y que impone a las plataformas tecnológicas la retirada de contenido ilegal, las obligaciones de transparencia. Washington califica el marco legislativo europeo literalmente de "censura" a la libertad de expresión.

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Pero la agresividad estadounidense ha tenido el efecto contrario al esperado. La Europa mesella, que había decidido apretar el freno de su propia legislación digital para no enfadar más al gran hermano transatlántico, vuelve a aferrarse ahora a la DSA para marcar perfil propio.

El pasado mes de diciembre, la Comisión Europea impuso su primera multa, en el marco de la DSA, contra Elon Musk por las reiteradas violaciones de la norma por parte de la red X, y le reclama 120 millones de euros. El mes pasado Bruselas también abrió una investigación sobre Grok, el chatbotde IA de Musk, por la generación y publicación de imágenes de nudo sin consentimiento. Y ha planteado un ultimátum a TikTok para que cambie su "diseño adictivo".

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Los límites de la libertad de expresión europea están en el discurso del odio que las redes sociales se han dedicado a alimentar y amplificar.