El mundo de Donald Trump es, de hecho, un mundo en plena aceleración para desconectarse de Estados Unidos. La consecuencia más directa de la coerción económica, tecnológica y militar que el presidente estadounidense ha decidido imponer a socios y rivales es una hiperactividad global en busca de alianzas alternativas y alejarse de la imprevisibilidad trumpista. El primer ministro canadiense, Mark Carney, resumía, en Davos, ese momento de "ruptura" que vive el viejo sistema post Segunda Guerra Mundial, basado en normas, y apelaba a una unión de las "potencias medias" para establecer un nuevo orden mundial. Ante la agresividad de Trump y la competencia de China, el resto del mundo se ha lanzado en busca de relaciones comerciales alternativas. No se trata sólo de diversificación, sino que también se ha desatado una auténtica carrera global para conseguir acuerdos estables y duraderos.
En plena erosión de los instrumentos compartidos, con unas Naciones Unidas amenazadas por una quiebra financiera inminente –según ha denunciado su secretario general, António Guterres– y una arquitectura financiera global que ha quedado "obsoleta, disfuncional e injusta, incapaz de adaptarse a la multi Guterras–, el mundo se aferra a las alianzas comerciales, por muy transaccionales y pragmáticas que sean.
Por eso la Unión Europea ha logrado firmar, finalmente, "la madre de todos los acuerdos comerciales" –como la ha bautizado Ursula von der Leyen– con la India, tras casi dos décadas de negociaciones entre Bruselas y Nueva Delhi, aceleradas ahora por la ofensiva arancelaria de Donald. Además, la UE ha apostado también por acuerdos con el Mercosur (firmado el 17 de enero), Indonesia (negociado en 2025), México (actualizado hace un año), Chile (en vigor desde el 1 de febrero de 2025) y otros de más largo recorrido como Canadá, Corea del Sur y Japón. Además, la Comisión negocia con Australia, Filipinas y Emiratos Árabes Unidos; y Malasia y Tailandia aspiran a cerrar sus respectivos acuerdos con Bruselas ese mismo año.
Pero, si el acuerdo con la UE es la joya de la corona también para Narendra Modi, India se encuentra actualmente en plenas negociaciones comerciales con más de 50 países a la vez, entre ellos Canadá, Nueva Zelanda y Omán.
Precisamente, Canadá de Mark Carney se ha tragado sus diferencias con China y se ha vuelto a acercar a Pekín y ha firmado un acuerdo comercial con Qatar mientras negocia con la asociación de países del sudeste asiático, la ASEAN.
Por su parte, el primer ministro británico, Keir Starmer, utilizó un reciente viaje a China para anunciar su intención de revertir, aún más, el Brexit duro negociado por los gobiernos conservadores tras el referéndum del 2016 y buscar nuevas vías de relación con el mercado único europeo.
La incertidumbre comercial y política es la nueva normalidad. Pero también lo es la voluntad de amortiguar el impacto de ese orden global personalista y vengativo que impone Trump. La agenda de dominación del "hemisferio occidental" –como lo llama el secretario de Estado de EE.UU., Marco Rubio– se formula desde el desprecio de la voluntad y la prioridad de los demás. Hace poco, el New York Times preguntó a Trump por los límites a su poder global, y el presidente de Estados Unidos reconoció que su "propia moralidad" y su "propia mente" son lo único que le puede detener porque él no necesita el derecho internacional.
Si bien las ambiciones hegemónicas son innegables, la asfixia a las potencias intermedias se puede contrarrestar –decía Carney a Davos– siempre que formen una alianza. Y en la aceleración de esa reconfiguración global de las conexiones comerciales, financieras y geopolíticas que está en marcha, empezamos a intuir la respuesta de un mundo que no quiere depender de la imprevisibilidad trumpista.
Una Unión Europea permanentemente en el punto de mira de Trump ha tomado conciencia de su soledad transatlántica, pero también de su fuerza –si quiere utilizarla–. Bruselas puede seguir aferrándose a este mundo de normas, de negociación y cooperación transnacionales –que el movimiento MAGA tilda de ingenuo– porque funciona.
2026 ha empezado fuerte. La UE ha sabido ejercer la disuasión ante un Trump que amenazaba con tomar el control de Groenlandia, blandiendo, aunque sólo fuera retóricamente, su instrumento anticoerción, ha apostado claramente por invertir y reforzar alianzas con países afines y con las principales economías emergentes y ha recordado que, pese a la un poder duro, la capacidad de llegar a acuerdos comerciales y de inversión es fundamental para fortalecer la resiliencia económica, así como para responder a la incertidumbre de los retos globales. La UE ha redescubierto su vieja arma por ser un actor geopolítico global: el comercio.