Béla Tarr y el chándal de Maduro
El cineasta húngaro Béla Tarr, maestro del cine europeo, ha muerto a los setenta años, una edad prematura (sobre todo, en la época en que algunos déspotas del mundo, como Putin o Xi Jinping, conversan ante la Ciudad Prohibida sobre la vieja quimera de la inmortalidad, tan querida por los tiranos). El cine de Tarr es lírico y áspero, visualmente hipnótico y narrativamente caracterizado por un dominio magistral de la elipsis y del fuera de campo. Sus historias aparentan a menudo ser casi no-historias, situaciones apenas formuladas. Pero a partir de unos elementos mínimos, sus películas proponen una dura mirada y, a la vez, compasiva sobre la humanidad y el mundo.
En Las armonías de Werckmeister (estrenada en 2000 y codirigida por Ágnes Hranitzky, adaptando la novela Melancolía de la resistencia de su buen amigo y colaborador, y reciente premio Nobel de literatura, László Krasznahorkai), la llegada a una pequeña ciudad de un circo que exhibe una gran ballena muerta sirve de chispa para que se desencadene un ataque de ira colectiva que deriva en el establecimiento de un orden fascista. En un momento de la película, el protagonista, interpretado magníficamente por Lars Rudolph, dice: “Ellos piensan porque tienen miedo, y quien tiene miedo no entiende nada [...]. Hay construcción en todas las ruinas, un deseo de destruir implacable, terrible. No encontramos la causa de nuestro odio y desesperación. pisamos todo, lo que se movía y no nos dejaba mover". Etcétera.
Como dicen que dos noticias separadas se entienden mejor juntas, recordemos que el chándal que llevaba Nicolás Maduro en el momento de ser arrestado ha agotado existencias en todo el mundo. Hay un delirio de millones de personas para comprarse este chándal, y más después de que uno de esos futbolistas famosos haya colgado en las redes una foto suya con el chándal puesto. El chándal, por cierto, se vende por un precio que ronda los 250 euros (a quien pague 250 euros por un chándal, sea de la marca que sea, le debe gustar que se rían de él).
Béla Tarr ha hecho su obra cinematográfica solo, con un sentido de su propia identidad e independencia artística que no necesitaba dar lecciones, precisamente porque era genuino. Tener más o menos reconocimiento, ser más o menos aplaudido, ha tenido para él, como para Krasznahorkai, una importancia secundaria, o directamente nula. Mientras las noticias se hacen eco de su muerte, aparece el mamarracho Trump haciendo imitaciones de Macron e insultando a los ciudadanos de Venezuela, frente a periodistas y aduladores que se descojonan de reír con las groserías de un delincuente. Siempre infantil en el sentido más irritante de la palabra, Trump y sus secuaces amenazan ahora a Latinoamérica, a través de Colombia y Cuba, y también a Europa, fijando Groenlandia como objetivo. La gran ballena muerta del pueblo sin nombre de Las armonías de Werckmeister, pariente podrida de la de Moby Dick, se descompone delante de todos nosotros con su hedor irrespirable.