Lamine Yamal, durante el partido entre España y Cabo Verde en el Mundial 2026.
28/06/2026
Exconsejero de Economía. Directivo y empresario
3 min

Las botas de Lamine Yamal explican mejor que muchos discursos qué es hoy el fútbol. Y, de paso, qué es hoy Europa.Lamine Yamal juega con España, pero se ha hecho imprimir en las botas las banderas de Marruecos y de Guinea Ecuatorial, los países de origen de sus padres. En un solo gesto conviven identidad, arraigo y movilidad. Y esta mezcla, lejos de debilitar a los equipos, los hace más fuertes, más imprevisibles y más atractivos.En este Mundial, muchas selecciones ya no se pueden entender como bloques nacionales homogéneos. Nueve de los veintiséis jugadores de España trabajan para equipos de fuera del país. Toda la plantilla de Costa de Marfil juega en el extranjero. Y solo una cuarta parte de los futbolistas de Marruecos han nacido en Marruecos. Francia, probablemente el equipo más temido del torneo, también es hija de esta mezcla: solo cuatro jugadores tienen progenitores nacidos en el Hexágono.Los casos individuales aún lo hacen más evidente. Lamine Yamal y Michael Olise habrían podido elegir qué país representaban. Olise juega con Francia, pero nació en Inglaterra y también habría podido jugar con Argelia o Nigeria. Los dos hermanos Williams han elegido caminos diferentes: Nico juega con España; Iñaki, con Ghana. El admirado –y estimado y añorado– Messi, con nacionalidad española y formado en La Masia, estuvo a punto de jugar con la roja en 2004.Casi todos los equipos de este Mundial son mosaicos de cruces étnicos, nacionales y culturales. Y, sin embargo –o quizás precisamente por eso–, los amantes del fútbol estamos asistiendo al campeonato más interesante, divertido, competitivo y bonito de ver de las últimas décadas.¿Podemos sacar algo de todo esto? Sí, y no solo sobre fútbol.La primera lección es que la confrontación con el otro es un mecanismo poderosísimo para crear el sentimiento existencial que el antropólogo Victor Turner llamó communitas. Los partidos de fútbol son un ejemplo: los aficionados se olvidan de todas sus diferencias internas, de las suspicacias y de los rencores, y se congregan sin condiciones bajo una causa común.El conjunto de individuos se convierte en una comunidad. Un solo pueblo. Las diferencias –políticas, sociales, económicas– desaparecen, absorbidas por un espíritu irracional y dionisíaco. Ante un adversario bien definido, los seres humanos tendemos a fusionarnos con la masa para hacerle frente. Basta con delimitar un enemigo — este o aquel otro— para que esta fuerza popular vaya hacia aquí o hacia allá.

El segundo aprendizaje es obvio: la movilidad, la diversidad y la variedad generan excelencia.Y esto no es algo privativo del fútbol. Está más que demostrado que, en ciencia, cuanto más diversos son los grupos de investigación, más y mejores artículos generan y publican. También es sabido desde hace años que las empresas con más variedad cultural son más competitivas y ganan más dinero. Hay investigación concluyente que permite afirmar que ante un problema complejo que hay que resolver, un grupo de personas con bagajes diferentes siempre es más eficaz que un grupo homogéneo.El tercer aprendizaje es un corolario de los dos anteriores: la inmigración no es algo que se deba combatir, sino que se ha de gestionar. Hace poco, en Suiza, donde el 27% de la población no tiene la ciudadanía, los nacionales rechazaron, en referéndum, contener la inmigración y fijar un límite demográfico de diez millones de habitantes. En las regiones con más extranjeros los resultados a favor del “no” fueron abrumadores. Los suizos creen que una inmigración bien gestionada es un activo político de primer orden.¿Y qué significa “bien gestionada”? Siete economistas catalanes nos lo acaban de explicar en el Informe Fénix: el problema no son los inmigrantes. El problema es la estructura del tejido económico de Cataluña, que permite –y hasta favorece– el crecimiento de sectores con un valor añadido muy bajo, financiándolos a la sombra, con salarios “subvencionados” indirectamente. Esta estructura perversa impide que la productividad aumente, que el PIB per cápita mejore y que la renta disponible de los ciudadanos se incremente en términos reales.Por eso las botas de Lamine Yamal no son una anécdota simpática ni una extravagancia identitaria. Son una metáfora precisa del mundo que ya tenemos: un mundo hecho de trayectorias cruzadas, pertenencias múltiples y fronteras cada vez menos nítidas. La cuestión no es si este mundo nos gusta más o menos, sino si somos capaces de organizarlo bien. En el fútbol la mezcla ha hecho a los equipos más fuertes. En un país también puede hacerlo más próspero y competitivo. Siempre que la política esté a la altura del talento que ya corre por el campo.

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