Opinión 21/01/2021

El búnker de Trump

La ira de los votantes de Trump no es tan diferente de nuestra ira

Ingrid Guardiola
4 min
Les portes d'un ascensor de la Torre Trump de Nova York es tanquen davant del president més polèmic

En la película 7 días de mayo (1964), de John Frankenheimer, Burt Lancaster interpreta al general Scott, líder de una trama de golpe de estado que es interceptado y denunciado por el siempre bueno Kirk Douglas, que hace de militar que está a las órdenes de Scott. James Mattoon Scott y su unidad militar secreta (de nombre irónicamente cacofónico, Ecomcon) no ven con buenos ojos el tratado de desarme nuclear que está a punto de firmar el presidente de los Estados Unidos en plena Guerra Fría y deciden pasar a la ofensiva. La película nos permite trazar algunos paralelismos con el asalto al Capitolio por parte de los trumpistas. Las primeras imágenes de la ficción son de manifestaciones ciudadanas a favor y en contra del tratado de paz. Cuando miramos las imágenes del 6 de enero de 2021 (el medio independiente Propublica ha elaborado una web con centenares de ellas), hay algo que no encaja, como si se hubiera perdido la cerimoniosidad en pro del espectáculo. El alud de teléfonos móviles, de banderas y de indumentaria diversa ha sustituido a las pancartas con reclamaciones concretas. Las pancartas ahora llaman al exabrupto (“Fuck Biden”), al milagro (“Jesus save”) o al personalismo brutalista (“Fight for Trump”, “¡Trump, Trump, Trump!”). Hay una tensión ciudadana irresoluble en el aire, una tensión muy elocuente que los medios de comunicación han licuado a partir de mostrar una colección de freaks y de fragmentos de batalla campal.

Donald Trump aparece en medio de la manifestación a través de una pantalla para celebrar la convocatoria y animar al personal. Su discurso confronta la debilidad con la valentía, la resignación con la lucha y parece encarnar esas palabras de Scott: “Nunca recuperaréis nuestro país con debilidad […], con los cínicos y los intelectuales diletantes […]. La gente recibirá la paz como si fuera la guerra”. Los dos Napoleones (el real y el de la ficción) reniegan de los medios de comunicación y se manifiestan desde la apolítica y el compatriotismo. El día después del asalto al Capitolio (7 de enero), Trump comparece para mecer a sus votantes ofreciéndoles palabras de amor, sencillas y tiernas: “Sé que os sentís heridos… Però marchaos a casa. Os queremos, sois muy especiales”. Trump habla a la gente directamente, sin filtros, dándoles rescoldo, mimos y un destino civilizatorio a partes iguales. Trump cala fondo porque se manifiesta, falazmente, contra el sistema y se pone –también falazmente- junto a la gente. Lo hace detrás de un cristal en el espacio público (fuera del despacho siempre que puede) o conectado en Twitter desde el búnker de la Casa Blanca, bajo el ala este.

El búnker es un refugio antiaéreo de la Segunda Guerra Mundial que fue renovado durante la Guerra Fría y que revivió durante el 11-S. Trump le dio una nueva vida en 2020 a partir de las protestas por la muerte de George Floyd. Las imágenes del 6 de enero en el búnker han pasado un poco desapercibidas; en su día circularon por Twitter y hoy ya prácticamente han desaparecido, pero todavía nos queda la descripción como testigo: Trump y su equipo mirando, a través de unas pantallas, las movilizaciones previas al asalto al Capitolio en streaming, mientras hay algunas personas bailando y celebrando como si fuera una fiesta, con la música de Gloria de Patti Smith (la expropiación de los símbolos de siempre). Este búnker, como decía en un artículo Boaventura de Sousa, no es comparable con el búnker de Hitler, porque el búnker de Trump augura una continuación y relanzamiento del personaje, mientras que el de Hitler anticipaba su final. El búnker es escondrijo; después de haber tirado la piedra, esconde la mano y a todo su equipo, y espera, “porque lo mejor todavía tiene que llegar” (como dijo). Lo que celebran ahí dentro, en este espacio fuera del mundo, son los cristales rotos del Capitolio, la ira popular, el desbocamiento de la gente que ayuda a “drenar el pantano de los privilegiados políticos”, tal como prometió que haría. Es un espacio inmunológico, impide cualquier afección de la realidad. Los personajes miran las pantallas como quien mira una final de fútbol, con la distancia que impone la supervivencia asegurada. Han abandonado el campo de batalla (para seguir con la metáfora bélica, tan trumpiana) y aplauden a las fieras mientras ya se preparan para amainarlas. Las fieras somos todos. Como dice Raül Garrigasait en el libro La ira (2020), muchos héroes clásicos no serían nada sin ella: “La ira es la manera más fuerte y segura de decir no”. El Día de la Ira es también el día de la promesa cumplida, “una defensa apasionada y violenta de los oprimidos”, dice Garrigasait. Trump se camufla de ultrajado, los hechos se lo ponen fácil. Al día siguiente (8 de enero) aparece como víctima cuando Twitter le cierra la cuenta (“Permanent suspension”) por “glorificar las políticas de violencia”, mientras que para él el odio es, simplemente, un punto de vista. Y cierra la performance con un último tuit: “Para todos aquellos que han preguntado, no iré a la investidura del 20 de enero”. Trump dice “no” y la grada ovaciona, esperando un nuevo capítulo para la historia.

Cuando Adorno y otros investigaron el “potencial fascista” con la culminación de la publicación La personalidad autoritaria (1950), indicaban que este tipo de carácter no se resuelve con modificaciones psicológicas, sino que solo se puede modificar con el cambio de la sociedad. Es aquí donde tendríamos que poner atención. Puede parecer tranquilizador que exista gente como Donald Trump para usar de chivo expiatorio, como si riéndonos de él y extirpando el supuesto infiltrado bastase. No hay nada de loco en él, su odio en Twitter es posible gracias a Twitter, la ira de sus votantes no es tan diferente de nuestra ira (aclimatada por nuestro propio contexto), su irracionalismo es nuestro pan de cada día. El mundo se parece más a su búnker que al Capitolio. El Día de la Ira es una performance de sesión continua. ¿Hasta cuándo?

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