Más cerca del fin del mundo

85 segundos nos separan del fin del mundo. Ésta es la cifra que hace una semana emitió el reloj del fin del mundo. Y es el diagnóstico más duro de todos los que el equipo del Boletín de los Científicos Atómicos ha realizado desde que en 1947 crearon el reloj como una herramienta, impactante pero rigurosa, para representar nuestro riesgo de autodestrucción y comunicar la necesidad de una acción decidida para asegurar la supervivencia del planeta.

Si bien inicialmente el reloj sólo consideraba la amenaza nuclear (cuánto tiempo tardaríamos en destruir nuestra civilización en caso de guerra nuclear), desde hace años también incorpora en el análisis otros factores geopolíticos, económicos y medioambientales. Y, este año, el clima bélico, la inteligencia artificial y la emergencia climática han influido severamente en el diagnóstico. Hay que remarcarlo: las amenazas están ahí, pero el auténtico peligro es la falta de reacción ante estas amenazas.

Cargando
No hay anuncios

Además de estos nuevos criterios, sin embargo, el reloj sigue incorporando la amenaza nuclear. Y es una amenaza que no deja de crecer. Por un lado, porque, aunque los arsenales se han ido reduciendo, todavía tenemos más de 12.000 armas nucleares en el mundo con una capacidad de destrucción absolutamente devastadora. Por otro, porque el número de armas nucleares desplegadas –lista para ser usadas– creció en el último año. Por último, hay que tener en cuenta, como recuerda el SIPRI, que casi todas las potencias nucleares están inmersas en proyectos de modernización y mejora de sus arsenales nucleares.

Cargando
No hay anuncios

Tras la terrorífica Segunda Guerra Mundial y el descubrimiento de la gran capacidad destructiva de las armas nucleares, la comunidad internacional trabajó para poner bajo control las armas de destrucción masiva. Se prohibieron las armas químicas y las biológicas, pero, en cuanto a las nucleares, las negociaciones diplomáticas sólo fueron capaces de generar el Tratado de No Proliferación Nuclear (TNP), que por una parte exige a los países no nucleares que renuncien a la carrera nuclear y, por otra, pide a las potencias nucleares que claro.

Es en este sentido que, durante la Guerra Fría y hasta ahora, se han ido generando una serie de acuerdos bilaterales entre las dos principales potencias nucleares, Estados Unidos y Rusia (antes la URSS), que pasaban bien por reducir los arsenales, bien por limitar el número de cabezas desplegadas, bien por reducir los sistemas. Pero el último acuerdo de esta larga serie, el New Start, ha expirado el jueves y, de momento, no tiene repuesto previsto. Será la primera vez desde 1972 que no vamos a tener un tratado bilateral vigente. Un panorama inquietante, más aún si tenemos en cuenta el contexto actual de guerras desatadas y las actitudes claramente irresponsables y al margen de la ley internacional que mantienen Estados Unidos y Rusia.

Cargando
No hay anuncios

La muerte de este último tratado de control de armas nucleares ha tenido varios momentos. Recientemente, Putin proponía pactar una prórroga técnica mientras que Trump no se mostraba nada interesado. Pero en el 2023 fue Putin quien dio por suspendidas las inspecciones que incluía el tratado y, un año antes, a raíz del ataque a Ucrania, Biden congeló las negociaciones. Más allá de esta escenificación, está claro que Trump y Putin coinciden plenamente en el ataque sistemático al sistema internacional y ambicionan debilitar todas las constricciones en su poder, que quieren ejercer con total impunidad.

Ciertamente, un mundo con más guerras que antes, con unos líderes globales tan impresentables como irresponsables y un arsenal nuclear a su disposición de más de 12.000 armas, dibuja un escenario de vértigo.

Cargando
No hay anuncios

Pero no todo es alarmante. Este enero ha cumplido 5 años de la entrada en vigor del Tratado sobre la Prohibición de las Armas Nucleares (TPAN), que la sociedad civil ha promovido para avanzar hacia el desarme, apoyado por algunos gobiernos y ante la incapacidad de la comunidad internacional y la falta de voluntad de las potencias nucleares. Puede parecer poco, pero hace 10 años nadie daba opción alguna a la creación del TPAN y, a pesar del boicot de las potencias, existe y cambia la escena global. Y esto es una lección tan necesaria como útil en los tiempos que padecemos: porque a pesar de que Trump y Putin practican un imperialismo descarado, cabe recordar que las lógicas imperialistas ya existían y, pese a su existencia, una sociedad civil activa y unas instituciones responsables consiguieron nuevas metas impensables hace unos años. Ante el vértigo de los 85 segundos del reloj del fin del mundo y el fin del New Start, queda claro que es necesario volver a activarse.