Ceuta y la violencia sexual
Hay realidades que quedan ocultas tras las cifras, las fronteras y los discursos perversos sobre seguridad. En Ceuta, este verano, hay una que no podemos dejar en segundo plano: la violencia sexual que pueden sufrir niñas, adolescentes y mujeres migrantes, especialmente cuando llegan solas y sin una red de apoyo.
Desde las entradas masivas de finales de julio, el sistema de protección de Ceuta se encuentra bajo una presión extraordinaria. Save the Children ha alertado de que la falta de identificación, de alojamiento seguro y de acompañamiento especializado a menores puede aumentar la exposición, especialmente de las niñas, a la violencia, el tráfico de personas y la explotación sexual.
Esto es importante. Porque cuando falla la protección, la vulnerabilidad deja de ser solo una circunstancia y se convierte en una puerta abierta a las violencias, especialmente las sexuales. Una niña que llega sola, sin documentación, dinero, familia o un lugar seguro donde dormir, es más fácil de intimidar, de engañar y de explotar.
Es aquí donde comienza el proceso de cosificación. Cuando dejamos de ver una persona y empezamos a ver solo su cuerpo. Deshumanizamos a la mujer migrante, la reducimos a un cuerpo disponible, comprable o explotable. Su historia, su miedo y su voluntad desaparecen y se convierte en una mercancía. La pobreza, la guerra, la falta de papeles o la situación irregular no provocan la violencia sexual, pero pueden ser utilizadas por quien busca convertir la vulnerabilidad en una oportunidad para agredir o lucrarse.
En este sentido, la feminista Susan Brownmiller situó la violación en un terreno que todavía hoy es incómodo: el del poder. La definió como un proceso de intimidación que mantiene a las mujeres en una situación de miedo. Por ello, la violencia sexual no es solo un problema individual. Tiene que ver con las relaciones de poder y con las condiciones que permiten que algunas personas sean más fáciles de explotar que otras. Y las mujeres migrantes son un claro ejemplo.
Por eso no podemos hablar de tráfico y explotación sexual mirando solo a las mafias y a los traficantes. También debemos hablar de la demanda que sostiene el negocio. Los hombres que conviven entre nosotros y que pagan por acceder sexualmente a mujeres situadas en una posición de desigualdad. La responsabilidad va más allá de quien capta o explota, y aquí es donde también debemos señalar la demanda ingente de nuestro entorno. Porque por mucho que la extrema derecha quiera culpar a los inmigrantes con sus datos falsos y la desinformación constante, la violencia sexual no tiene nacionalidad.
La respuesta en Ceuta debe pasar por ofrecer más protección, identificación rápida de las niñas y mujeres en riesgo, alojamiento seguro, espacios adecuados para menores, asistencia jurídica y psicológica, y persecución de las redes de tráfico y de los agresores sexuales. Y también hay que cuestionar la demanda de nuestro entorno que alimenta la explotación sexual.
Una sociedad democrática se mide también por la manera como protege a quien llega en situación de máxima vulnerabilidad. No podemos permitir que ninguna mujer o ninguna niña que huye de la violencia de su país acabe sufriendo violencia sexual o acabe convertida en pura mercancía sexual.