Una chica y un soldado

La publicación de la novela inédita de Teresa Pàmies Una chica y un soldado (Adesiara) es, desde mi punto de vista, un evento de primer orden para la literatura catalana.

Después de haber celebrado el centenario del nacimiento de la autora balaguerina, ahora nos llega, como un regalo inesperado, esta novela que fue prohibida por la censura franquista cuando la editorial Destino quería publicarla, en 1972.

Leer la novela es un placer, como volver a casa, por el estilo natural de Pàmies y su catalán genuino (y que ella consideró que todavía había que mejorar). También es una maravilla de testigo de la Guerra Civil vivida en primera persona tanto en el frente como en la retaguardia. la peripecia que vivió esta obra desde que Teresa Pàmies la empezó a escribir hasta su publicación, hace pocos meses.

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Por ejemplo, se nos explica los argumentos de la censura para prohibirla: “Novela escrita con un desenfado desafiante y en un tono demagógico y panfletario por otros” o “es totalmente destructiva y denegable de necesidad”. ¿Un ejemplo concreto? “Se insiste machaconamente en que los culpables de la guerra fueron los que la empezaron”.

Desde la negativa de la censura, el único original deUna chica y un soldado quedó en el Archivo General de la Administración, en Alcalá de Henares. En el archivo personal de la escritora, que custodia a su hijo Sergi, no se ha encontrado ninguna copia.

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La novela explica el amor de una niña de Balaguer, Cinta Planes, y su compañero de juegos, vecino y amigo, Ton Juneda que, sin apenas darse cuenta, se convierten en prometidos. La Guerra Civil viene a interrumpir ese amor: envían al chico al frente y la pareja pasa meses sin verse.

Es un acierto hacernos oír las dos voces mientras pasan el trance de la guerra. La voz femenina, la de una chica militante que, al no poder ir al frente, intenta luchar y ayudar haciendo voluntariado, escribiendo, haciendo mítines. Y la del soldado que, aunque comparta las ideas de la promesa, empieza a tener dudas muy serias, sobre todo a partir del momento en que debe matar a un chico del otro bando, que le ha pedido, en catalán: “No me matis, rojo”.

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Teresa Pàmies consideraba, según he leído, que el catalán con el que escribió Una chica y un soldado debía mejorar. No sé: sólo sé que leyéndola me he sentido en casa y he reencontrado o descubierto palabras y expresiones que todavía me hacen cosquillas. “Una niebla que se puede rebanar” o, cuando describe a la madre de una amiga muerta, que en el entierro de la chica iba “velnegrada”.

Debe leerla. Yo lo he hecho con el lápiz en la mano, y la primera frase que subrayé es esta: “En la afición de logrado un derecho, uno puede verse derrotado, pero la derrota no hace ilegítimo el derecho” . Sólo por esta idea, tan sencilla y fuerte, tan bien dicha, ya merecía la pena.

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