Cuando China deja de financiar América
Donald Trump ha afirmado recientemente que perder el estatus del dólar como moneda de reserva mundial sería como perder una gran guerra. No es una comparación menor. La primacía del dólar es una fuente esencial del poder norteamericano: permite a los Estados Unidos financiarse más barato, imponer sanciones y sostener déficits muy costosos para cualquier otra economía.Por eso preocupan dos señales recientes. La deuda federal acaba de superar los 40 billones de dólares, el doble que cuando Trump llegó a la Casa Blanca por primera vez. Solo en 2025, los intereses rondaron los 970.000 millones, más que todo su gasto en defensa. Y este agosto la rentabilidad del bono a treinta años alcanzó el 5,34%, el nivel más alto desde 2007. El mercado exige cada vez más por prestar a Washington.Al mismo tiempo, China ha reducido sus tenencias de bonos del Tesoro hasta los 633.400 millones de dólares, un 13% menos que hace un año y la cifra más baja desde 2008. En 2013 tenía cerca de 1,3 billones. No es una huida repentina ni un arma capaz de hundir a Estados Unidos: el mercado global continúa absorbiendo su deuda, y Japón y el Reino Unido ya tienen más bonos estadounidenses que Pekín. Pero sí que es una retirada lenta y deliberada.
China ha extraído una lección de la congelación de las reservas rusas: los activos en dólares también conllevan riesgo geopolítico. Por ello, reduce la exposición al Tesoro y acumula oro. El Banco Popular de China ya supera las 2.360 toneladas, después de veintiún meses consecutivos de compras.Al mismo tiempo, Pekín amplía los intercambios en moneda local, los acuerdos bilaterales de divisas y los sistemas de pago menos dependientes de Washington. Xi Jinping ha convertido la internacionalización del renminbi en una pieza central de la ambición financiera china: que sea una moneda cada vez más utilizada en el comercio, la inversión y las reservas internacionales.Esto no significa que el dólar tenga hoy un sucesor. Todavía representa cerca del 57% de las reservas mundiales, frente a menos del 2% del renminbi. Los mercados norteamericanos son mucho más profundos y líquidos; China mantiene controles de capital, y Europa no dispone de un activo seguro común comparable al Tesoro. La desdolarización es, de momento, erosión, no sustitución.Pero Washington está tensando su “privilegio”. Trump y Biden entendieron que los Estados Unidos debían recuperar industria, tecnología y capacidad productiva. El diagnóstico era acertado. Pero los aranceles generalizados, la imprevisibilidad exterior, los déficits persistentes y el conflicto con Irán —que encarece la energía y alimenta la inflación— debilitan la economía, las alianzas y la confianza que sostienen el dólar.Ante la escalada de los tipos, el Tesoro ha doblado las compras de bonos a largo plazo. La medida puede aliviar temporalmente las tensiones, pero no modifica el problema de fondo: los Estados Unidos continúan emitiendo enormes cantidades de deuda y tienen poco margen para corregir un déficit que roza el 6% del PIB. La calma solo duró unas horas. Los mercados de bonos no se dejan convencer con artificios financieros.
Estas turbulencias no nos quedan lejos. Los tipos norteamericanos arrastran el coste del capital también a Europa. Cuando los estados y las grandes tecnológicas compiten por captar el ahorro mundial, el crédito se encarece para las pymes, las familias y las administraciones. Para una economía abierta como la catalana, esto puede afectar la inversión, la industria y la capacidad de financiar el estado del bienestar.La lección para Europa y Cataluña no es abrazar una austeridad indiscriminada, sino controlar el déficit, priorizar el gasto productivo y construir instituciones más eficientes y solventes. No todo gasto genera el mismo retorno, ni todo endeudamiento deja la misma herencia.Cataluña tiene este otoño tres carpetas decisivas: culminar la cancelación de 17.104 millones de euros de deuda del FLA, aprobar un nuevo modelo de financiación que aporte 4.686 millones anuales y poner en marcha el consorcio que ha de garantizar que los recursos presupuestados por el Estado para inversiones en Cataluña lleguen aunque las obras no se ejecuten dentro del ejercicio previsto.Son tres carpetas diferentes, pero con una misma finalidad: reforzar la capacidad financiera de la Generalitat y reducir su dependencia de la deuda. Una necesidad aún más urgente cuando las facturas trasladadas de un ejercicio a otro –el llamado “gasto desplazado”– han alcanzado el preocupante récord de 5.295 millones de euros. Controlar el déficit también es soberanía. La infrafinanciación crónica e injusta que Cataluña sufre por parte del Estado lo dificulta mucho, pero no nos exime de gestionar con rigor. Porque la credibilidad, tanto la de un país como la de una moneda, se construye mucho más lentamente de lo que se puede perder.