Consentimiento: nociones básicas para Julio Iglesias (y Ramón Arcusa)
Ha estallado el escándalo de la denuncia de dos trabajadoras del hogar en Julio Iglesias. Todos los medios van llenos y me quedé perpleja cuando, en el programa de Ana Rosa, Ramón Arcusa –amigo del cantante, músico e integrante del Dúo Dinámico– afirmó que, si una mujer es violada, lo que tiene que hacer es denunciar inmediatamente los hechos y marcharse de la casa o del lugar donde se encuentra el violador: si no se va, es que se va. Además, comentaba que todas las acusaciones que se le están haciendo a Julio Iglesias antes de que la justicia se pronuncie vienen del sector woke de la sociedad. Sin pensarlo ni un minuto, ha asociado las denuncias por agresión sexual a una ideología y, de rebote, lo ha politizado rápidamente. ¡Alucinante!
Uno de los argumentos más recurrentes por negar una agresión sexual o de acoso psicológico dentro de una relación es la confusión deliberada entre consentimiento y continuidad en la relación. Se afirma que, cuando se ejerce la violencia machista, cualquiera que sea, si el acto no se ha consentido la mujer debería haber denunciado el hecho, de modo que, si sigue conviviendo con el presunto agresor, esto probaría retrospectivamente el consentimiento. Pero el consentimiento no es un estado que deba darse por supuesto, sino una condición puntual, situada y revocable, que puede carecer en un momento concreto. Como ya advertía Simone de Beauvoir, la mujer nunca actúa en un vacío de libertad abstracta, sino en un campo de posibilidades históricamente limitado. Confundir la decisión de continuar con el agresor con la libre capacidad de decidir es ignorar que muchas decisiones femeninas se inscriben en estructuras que restringen a la agencia sin necesidad de coerción explícita.
Esta confusión, para algunas personas, anula de facto la posibilidad de la violación dentro de la pareja y reproduce la idea implícita de una deuda sexual, algo muy diferente de un derecho que debería traducirse en "no es no" y "sí es sí". La cultura machista y el abuso de poder –y no me refiero ni a todos los hombres ni a todas las relaciones, ¡sólo faltaría!– han dado por supuesto que en el matrimonio, en las parejas de hecho... o en relaciones jerárquicas el consentimiento se da a priori.
Arcusa seguía apoyando a su amigo Julio con el argumento de que una mujer violada debería huir, romper los vínculos con el agresor, denunciar... Pero las cosas no son tan fáciles, porque, de ser así, ignoraríamos completamente el funcionamiento del trauma. La violencia sexual o psicológica puede generar bloqueo, disociación, confusión e incapacidad de acción frente a la agresión. Hannah Arendt señaló que determinadas formas de violencia no sólo dañan al cuerpo, sino que destruyen la capacidad de actuar y de dar sentido a los hechos; exigir una respuesta inmediata es no entender que la violencia puede impedir cualquier paso. Pretender que sólo sea creíble la víctima que responde según un guión preconcebido, generalizado y universal no es sólo empíricamente falso, sino que desplaza el análisis del hecho violento hacia el comportamiento posterior de la mujer y hace que su reacción se considere sospechosa, en lugar de centrarse en el acto del agresor.
Otro aspecto clave de la violencia de género que no se entiende es que "si continúa con su agresor es porque quiere". Este planteamiento ignora algunas condiciones materiales, emocionales y simbólicas que estructuran muchas relaciones en las que existe dependencia económica, miedo, control, aislamiento, culpa o una fuerte presión social. Reducir el hecho de continuar con el agresor a una decisión fácil despolitiza la agresión y oculta los patrones estructurales que la hacen posible y persistente.
A esto se añade a menudo la protección del presunto agresor por parte de su entorno, especialmente cuando se trata de un amigo, como en el caso de Arcusa. El argumento "yo le conozco, y él no haría esto" opera como un mecanismo de lealtad afectiva que preserva la imagen moral del agresor y desacredita el relato de la mujer violada. En este contexto, la carga de la prueba se desplaza indebidamente hacia la víctima, a la que se le exige coherencia absoluta y un comportamiento irreprochable, mientras que el agresor queda protegido por su reputación y su capital simbólico (todos hemos podido leer la lastimosa reacción de Ayuso respecto al caso). Lejos de analizar la realidad, este discurso la distorsiona y contribuye a perpetuar el silencio, la incredulidad y la impunidad. La violencia sexual no es sólo un acto, sino también un régimen de verdad que decide qué relatos son válidos y cuáles quedan condenados a la duda o al silencio.