Juntos y la continuidad

La aceleración de la vida –cada vez las cosas pasan a más velocidad y cada vez hacemos más cosas a la vez– nos estresa y nos despista de lo esencial. Por contraste, hay un valor que de nuevo toma importancia: la continuidad, la permanencia. El prestigio de lo duradero. La antigüedad. Cuando todo es efímero y fungible y obsoleto; cuando los objetos y las ideas y las amistades parecen creados para usarlos y tirarlos; cuando las personas, además de consumidores sedientos de sensaciones y de objetos con fecha de caducidad también nos hemos convertido en sujetos consumibles no reutilizables, entonces resulta especialmente atractivo encontrarse con algo que viene de lejos y que persiste: un linaje, un paisaje, un libro clásico, un edificio monumental, una creencia, una empresa, una asociación, un amor...

Un partido político? El poder es voraz y destructivo. Es lucha. Y al mismo tiempo es cooperación. Las entidades humanas que se crean a su alrededor acostumbran a hervir internamente con cruentas batallas ideológicas y personales, pero al mismo tiempo crean redes, vínculos. El chup-chup del poder es una energía en tensión constante. Por eso, cuando un partido político traspasa épocas y regímenes despierta admiración, envidia: algo habrán hecho bien sus fieles. La estructura de poder más durable de la historia es la Iglesia católica. El prestigio y atractivo de la figura del Papa, más allá del espectáculo ritual y estético que lo rodea, tiene sobre todo que ver con su devenir milenario. Salvando las distancias, lo mismo podríamos decir de China como país o imperio.

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Cataluña tiene más pasado que presente o futuro. Esto se puede leer en negativo o en positivo. A pesar de las debilidades y crisis contemporáneas, ha persistido. Hace unos días Raimon Obiols decía a Esther Vera que él conoce mejor a Jordi Pujol que viceversa. Lo fundamentaba con la idea de Carl Schmitt según la cual los débiles saben más de los poderosos que al revés. Pues bien, al hilo de este pensamiento, podemos decir que también, en efecto, Cataluña conoce mejor España que al revés: a base de palos e incomprensiones, desde aquí sabemos cómo las gastan y, sin embargo, no tiramos la toalla en la voluntad de ser y en el intento secular de cambiar el tipo de relación. Desde Madrid siguen sin entender bien del todo qué somos, qué queremos y por qué lo queremos. Acostumbran a reducir los deseos soberanos catalanes al odio y la avaricia; les cuesta concedernos el beneficio de la duda: ¿y si, como débiles que somos, solo quisiéramos lo mejor para todos?

Volvemos a los partidos y a la continuidad: la Convergència de Pujol ha desaparecido. Décadas antes también desapareció la Lliga de Cambó. En cambio, el PSC –la unidad del socialismo catalán surgida en la Transición de los años 70– y ERC –el partido avalancha de Macià y Companys, catalizador de la sacudida republicana de los años 30– continúan entre nosotros. El nacionalismo conservador se ha escindido entre Junts y Aliança Catalana, en una competición de pureza patriótica, Cataluña adentro: han abandonado el Cataluña afuera (la vocación europeísta y de transformación de España, tan propia del catalanismo). Han sacrificado la continuidad de su esencia dual: adentro y afuera. Se han extraviado o encallado en la aventura procesista, en la herida, en el victimismo. ¿Volverán al afán de construir, de sumar, de añadir capas a una catalanidad que, como cualquier identidad, está siempre en evolución?

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La encuesta del CEO –como la del ARA de hace unos meses– es clara: Aliança Catalana de Orriols cataliza al catalán frustrado (por el Procés, por la vivienda, por la lengua...) que busca culpables a la desesperada, con ganas de ruptura, de castigar a alguien. Claro: no le faltan motivos. Pero sin darse cuenta es un voto contra la continuidad del catalanismo como fuerza histórica transformadora. Junts deberá decidir de qué lado se pone: si del lado de la revuelta ultra o del lado del catalanismo democrático gradualista. Son favas contadas. En todo el mundo pasa lo mismo: o extrema derecha (Trump y compañía) o una democracia social reformulada (Sheinbaum, Mamdani...) desde el reconocimiento de que la democracia liberal ha sido demasiado autocomplaciente.