La decadencia de los Reyes

Ahora que la Navidad se ha esfumado, mi mente le ha reavivado en la memoria para desgranarlo. Algo ha cambiado a lo largo de estos años. En casa ya no celebramos las fiestas con el gozo y la opulencia con la que habíamos brindado tiempo atrás. Hemos perdido esa inconsciente y efímera beatitud de antes. Hay menos turrones, menos presentes y menos galindaines. Sentimos que debemos esforzarnos más y tener más sensatez a la hora de preparar las comidas y las ceremonias.

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Cuando yo era pequeña, la exaltación que me provocaba el deseo de obtener regalos hacía que durmiera con los ojos abiertos: todavía no se había levantado nadie que yo ya había puesto los pies descalzos sobre las baldosas, había apoteado todos los regalos que los Reyes habían esparcido por el sofá, la mesa y la alfombra, y había recorrido el pasillo una y otra vez con el tesón y la voz de un sereno sabedor de ser el único anunciante de un hecho importante: ¡Los Reyes han venido y los camellos se han tragado toda el agua de la palangana!, gritaba entusiasmada. Deseaba que los demás arrinconaran la pereza para empezar a desenredar los diferentes obsequios de colorines y saborear las monedas de chocolate que se agolpaban en pequeñas bandejas de mimbre que alguien había escondido. Había bultos por todas partes. Eran tiempos dulces donde, por desgracia, el derroche material no generaba mala conciencia. Ahora, la emergencia climática no nos permite volver. No podemos hacer la vista gorda ante el conocimiento de la huella imborrable del consumismo en la Tierra y del hecho de saber que gran parte de los objetos provienen de empresas que han deslocalizado sus fábricas para poder maltratar con más dureza a sus trabajadores y, así , obtener productos baratos por la sociedad de masas. Sin embargo, no debemos ensañarnos con quienes hace treinta años compraban regalos y más regalos para sus criaturas y más coches y más viajes. Al fin y al cabo, estos –los venidos al mundo en los sesenta– forman parte de la generación que creció al final de la dictadura y se convirtió en adulta en la Transición: una generación engañada con la falsa promesa del bienestar material ilimitado y la mejora constante de las condiciones laborales; una generación nacida para decepcionarse y para endosar un mundo peor a sus hijos de lo que querrían haberles dejado, porque las circunstancias en el mundo del trabajo se han agravado. Vidal Aragonés Chicharro explica en Cuando llueve sobre mojado: 50 años de neoliberalismo, crisis tras crisis (Icaria Editorial) que hoy en día debemos evitar deslumbrarnos con los “pequeños avances en materia de Derechos Fundamentales” o con la consecución de algunos hitos importantes como los permisos de baja por maternidad o paternidad y, en cambio, debemos fijarnos en la facilidad con la que actualmente los empresarios pueden llevar a cabo los despidos o en la desafortunada creación de los falsos autónomos. Todo va de capa caída. Dado este panorama devastador, no es de extrañar que los Reyes hayan cerrado un poco el grifo en los últimos años. Bien mirado, quizás se han dado cuenta de que lo que llevaban no sólo era pernicioso, sino también insignificante: un puñado de tormentas de las que nos podíamos desprender.