Denominación de origen: "humana"
Increíble. Taylor Swift ha patentado su voz y una imagen de sus conciertos como marca. La cantante quiere proteger dos frases pronunciadas por ella y una imagen concreta de su gira The Eras Tour ante usos de inteligencia artificial no autorizados. Matthew McConaughey ha hecho algo similar con su voz, sus gestos y algunos elementos reconocibles de su identidad pública. Resulta increíble que hayamos llegado hasta aquí. Durante años hemos registrado marcas, logotipos, composiciones, obras literarias, diseños gráficos e industriales, inventos, personajes, productos… Es decir, hemos registrado lo que producíamos, lo que inventábamos, lo que generábamos desde nuestras habilidades e inteligencia. Ahora damos un paso más para hacer frente a la IA. Patentamos nuestra voz. No lo que hacemos, sino lo que somos. Una voz adquiere rango de activo industrial. Una manera de mirar, de hablar, de aparecer en escena o de saludar al público puede convertirse en material jurídicamente blindado. El ser humano entra en el registro mercantil. La Oficina de Patentes y Marcas de los Estados Unidos ha concedido varias de las solicitudes de Swift, así como de otras cantantes en los últimos meses.La inteligencia artificial ha cambiado la naturaleza de la copia. Una voz puede ser clonada. Un rostro puede ser reconstruido. Una actuación puede ser reutilizada para crear otra. Un cantante desconocido puede descubrir que su timbre ha servido para alimentar una canción que no ha cantado. Cualquier artista puede acabar convertido en materia prima de una creación que ni conoce, ni autoriza, ni cobra. Registrar voces es querer pescar la luna con un cesto. La IA no necesita copiar exactamente una voz. Puede esquivarla con otra formulación. Puede aproximarse a ella sin tocar el perímetro protegido. Puede aprender de millones de voces anónimas subidas en aplicaciones musicales, redes sociales, vídeos domésticos, concursos, tutoriales o cualquier plataforma donde, al descargarla, pulsemos “aceptar las condiciones legales” sin leerlas. Mentalicémonos. Será imposible detener el uso del humano para crear digitalmente.El camino tendrá que ser otro. Habrá que identificar. Distinguir. Certificar. Igual que existe una ISO para determinados procesos o una denominación de origen para un vino, necesitaremos una señal clara que diga: hecho por una persona. Yo lo llamo: “denominación de origen humana”. Cantado, escrito o interpretado por una persona. Es una información que el consumidor tiene derecho a conocer. Aquí estará el verdadero valor. En un mercado inundado de contenido sintético, lo humano necesitará garantía, trazabilidad y sello.El futuro de la creación no consistirá en competir contra la máquina, sino en preservar el origen. Como en los buenos vinos. No solo importará el resultado. Importará saber de qué tierra viene.