¿Eres de derechas si te irritan los cuidados?

Consecuencias de la ventolera del jueves en el centro de Barcelona.
13/02/2026
Periodista y crítico cultural
4 min

Michel Foucault propone una muy buena dicotomía para definir nuestra relación ambivalente con lo que habíamos llamado "el estado del bienestar". Mientras que el estado premoderno "mata y deja vivir", el estado contemporáneo "hace vivir y deja morir". También recuerdo otra que siempre me hace pensar: "La salud ha sustituido a la salvación". Son resúmenes memorables que nos hacen ver que el Leviatán ya no es una fuerza impersonal y distante que se limita a castigar a quien infringe la ley, sino que se ha convertido en un agente solícito con la función principal de velar por la población, y que incorpora una función que antiguamente era monopolio de la Iglesia: cuidar de las almas. Todo esto puede parecer bastante abstracto, pero se concreta si pensamos en los sentimientos contrarios que quien más quien menos habrá experimentado a raíz del confinamiento del país con motivo de la ventolera ya raíz de la proliferación de alarmas en los móviles. ¿Qué debemos hacer de la irritación que nos producen los excesos de cuidado del estado?

No está nada en boga criticar el cuidado. En el ámbito de la teoría progresista, el cuidado se ha convertido, en los últimos años, en un concepto comodín en el que se han depositado todas las esperanzas. Las intenciones y razones eran buenas: durante siglos, los trabajos fundamentales para la continuidad de la sociedad se han mantenido al margen del debate público, cargando la responsabilidad sobre ciudadanos privados, casi siempre mujeres, mientras la cultura, la economía y la política sólo valoraban y asignaban recursos a la industria, la emprendeduría y los trabajos creativos. No sólo eso: tal y como hemos visto en los episodios más abyectos de la historia del capitalismo, una ética que ignore el cuidado inevitablemente acaba produciendo situaciones destructivas e injustas. Por un lado, este análisis ha servido para poner en la agenda un objetivo noble y motivador como "politizar los cuidados". Pero, por otro, hemos terminado con una división del trabajo problemática que asume que el agente revolucionario debe ser la derecha, que ahora mismo es quien hace que pasen cosas –particularmente, liderar los grandes cambios tecnológicos–, mientras que la izquierda debe limitarse a intentar conservar las escombreras de un puñado de instituciones que no están diseñadas.

El problema de ese ambiente cultural es que el cuidado, al igual que cualquier gran idea política, como la igualdad o la libertad, también tiene sombras. Y si la izquierda sacraliza el cuidado, regala estúpidamente a la derecha un campo importantísimo de la naturaleza humana. De hecho, los que mejor han señalado estas sombras son pensadores clave para la misma izquierda, como Foucault y Hannah Arendt. Para Foucault, debemos vigilar con la reducción de la política a la administración de los cuerpos, un giro que permite que el poder se infiltre en todos los ámbitos de la existencia, normaliza la vigilancia como cuidado, iguala cualquier disidencia a una amenaza para la salud pública y convierte a los ciudadanos en engranajes de un sistema más pensado para perpetuarse.

Arendt no hablaba de cuidado, sino de labores, y temía la reducción del hombre a uno animal laborans atrapado en las necesidades cíclicas de la vida tales como comer, trabajar y consumir. A la obsesión por las labores –que nosotros llamaríamos cuidados–, la filósofa oponía la noción deacción, la única práctica verdaderamente política que toma como modelo el ágora griega y los consejos revolucionarios, y que consiste en que los miembros de una comunidad salgan del ámbito privado y se encuentren en un espacio público para reconocerse entre ellos, deliberar y decidir hacer algo nuevo más allá de mantener elstatu quo. Los mismos grandes filósofos del siglo XX que advirtieron contra el totalitarismo fascista querían señalar que existe un totalitarismo que es mucho más difícil de combatir porque se disfraza de neutralidad técnica y de benevolencia, pero que es igualmente nocivo para el espacio de libertad propio de la política.

La parálisis del país con motivo de la ventolera no puede derribarnos en la misma dialéctica tramposa entre libertad y seguridad que lo empantana todo durante la pandemia. La izquierda no debe identificarse con una definición azucarada de cuidado, ni puede renunciar a articular valores como la libertad, la creación de valor o la acción capaz de arriesgarse sin garantías en aras de un futuro distinto al presente. Buena parte del éxito de la revolución conservadora (un sintagma que no hay que perder de vista) que estamos viviendo sale de un trabajo muy fino para articular el deseo humanísimo de llevar una vida que vaya más allá de la mera supervivencia. Más que denunciar ese anhelo como una pulsión irracional y criptofascista, la izquierda debería reconocer el potencial emancipador de estos deseos y, simplemente, tratar de encauzarlos con diagnósticos y propuestas mejores que los de la derecha. Un buen comienzo sería bajar los cuidados del pedestal cultural en el que se encuentran, sabiendo señalar sus lados oscuros y sus ambivalencias.

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