Más allá de politiquerías y estrategias de partido (en Junts deben estar muy seguros de dónde van, votando lo que votan), cualquier debate sobre vivienda debería partir de este principio: el derecho de las personas a una vivienda digna es superior y debe prevalecer sobre otros derechos, como el de la propiedad privada y su explotación dineraria. Aún podemos hacerlo más amplio: como principio general, allí donde los derechos individuales colisionan con el bien común, aquello que debe retroceder es el derecho individual. Nunca el bien común ni el interés de la sociedad. En una situación de emergencia habitacional, un particular —sea individuo, empresa inmobiliaria o fondo de inversión— no tiene “derecho” a especular con los precios del alquiler y la venta de viviendas. En una situación de crisis climática, nadie tiene “derecho” a destruir el medio ambiente en nombre de la productividad económica, y tampoco a cuestionar sin argumentos válidos las evidencias científicas. En una situación de epidemia, o pandemia, nadie tiene “derecho” a no vacunarse, si no es asumiendo que su decisión pone en peligro la salud y las vidas de las personas a su alrededor (y que le es indiferente). Son solo algunos ejemplos.Algunos tildarán el párrafo anterior de comunista, pero no lo es: es simple socialdemocracia y sociedad del bienestar, tal como las entendíamos no hace tanto tiempo. El principio es sencillo: para que las sociedades avancen deben hacerlo colectivamente. Si solo se benefician unos pocos y muchos salen perjudicados, no hay progreso: hay involución. Los discursos iliberales, o turbocapitalistas, no son una evolución del liberalismo clásico, sino su degradación. El mercado, por sí mismo, no pone a cada uno en su sitio, especialmente cuando el mercado está dopado, inflado y falseado en favor de intereses bien concretos y descriptibles. La retracción de la democracia deja al descubierto otro proyecto, un nuevo orden pensado y comandado por oligarcas globales con sirvientes locales en cada país, imponiendo a los gobernantes y las poblaciones una especie de selección natural basada en el dinero. No es ninguna novedad en la historia humana, pero si durante algunas décadas nos hemos enorgullecido de que Occidente era la zona más avanzada del planeta, era justamente porque se había trabajado en la dirección contraria a todo esto.Intentar anclar esta ideología en la figura del buen catalán (o el buen mallorquín) que ha currado toda la vida como una bestia y ahora tiene derecho a hacer lo que quiera con las casas y pisos que ha heredado de los abuelos, o que ha comprado especulando, es, como mínimo, una falsedad indecente. Cataluña, precisamente, ha sido pionera por haber sido un país construido sobre la idea firme (y esta sí, liberal) de la distribución de la riqueza y la mejora colectiva. En Mallorca esta idea no ha existido nunca, y por eso se ahoga en un turismo masivo y sin alternativas a la vista (y vendiendo las casas y pisos de los abuelos al mejor postor, que curiosamente son los fondos buitre). El derecho a la vivienda digna, repitámoslo, debe prevalecer por encima del derecho a la propiedad.