No se trata de que a nadie se le atragantara el desayuno esta mañana, pero el paro y la inflación han asomado la cabeza, y si la guerra de Irán continúa acabarán sacando la cabeza entera. El encarecimiento de la vida es un hecho y las perspectivas son a peor, con profecías de shock energético y disrupción del comercio internacional, incluidos los alimentos.
Si hablamos del derecho a la sanidad, a la educación, a la movilidad y a la vivienda –no es poca cosa–, tenemos que los maestros anuncian huelgas, los médicos también, los trenes van en autobús y el mercado inmobiliario continúa expulsando a gente que gana un buen sueldo y parejas con dos sueldos que treinta años atrás –y ya no digamos cuarenta– habrían encontrado una hipoteca asumible o un alquiler razonable. En el caso del sector inmobiliario se han dado todos los elementos de la tormenta perfecta, el primero de los cuales es que faltan pisos por imprevisión planificadora. El dinero de los fondos de inversión ha entrado a saco en el sector y, encima, la población ha crecido a un ritmo que tensa todas las costuras, también las inmobiliarias.
Que la economía estaba superando olímpicamente los límites que podía poner la política en nombre del bien común ya era una realidad hace un par o tres de décadas (con el consiguiente descrédito para la democracia), pero ahora el desbordamiento ya es torrencial, sobre todo cuando la tecnooligarquía parece querer cumplir las profecías más sombrías. Si miras donde miras la situación es preocupante, entonces es casi imposible que un gobierno solo pueda hacer frente al cuadro de emergencia. Mires donde mires encuentras la necesidad de llegar a pactos de país en que las cesiones de todos permitan encontrar soluciones. Las viejas categorías políticas no sirven para la nueva situación mundial y nacional. Y el "y tú, más" es la guinda del pastel desesperado.