La primera ministra italiana, Giorgia Meloni, el 11 de marzo de 2026 en la Cámara de los Diputados.
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Filósofo
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A pesar de que algunos quieran guardar las apariencias y mantener viva la frontera entre la derecha y la extrema derecha, la realidad es que las derechas se buscan, y cada vez más descaradamente. El tabú del pacto con los neofascistas está cayendo en toda Europa a medida que las derechas conservadoras o liberales no consiguen detener las fugas hacia la extrema derecha. Cada día incorporan más elementos del pensamiento reaccionario: vuelven los repliegues patrióticos, síntoma de un momento de confusión creciente, con ausencia de autoridades referenciales. Tiempo de desconfianza.

Las derechas democráticas no han encontrado el tono. La radicalización neoliberal que en un momento dado protagonizó Emmanuel Macron –que se creyó el anti De Gaulle que podía liquidar definitivamente la V República–, rebajando la dimensión corporativa e incorporándola al nuevo talante que marcaban los EE. UU., fue un fracaso desde el inicio. Ahora es un presidente claramente disminuido que ve cómo los hechos le pasan por delante desde un papel cada vez menos determinante. Francia ha dejado atrás el espíritu de la V República, donde todo pasaba por el Elíseo, y ha desplazado el eje hacia el Parlamento. Y allí, como en casi toda Europa, con las izquierdas en fase de confusión, es donde las extremas derechas hacen camino hacia la normalización. De momento, están consiguiendo un primer éxito inquietante: que la agenda vaya girando hacia sus temas preferidos –el rechazo a la inmigración, la negación de la igualdad de género, la minimización de la cuestión medioambiental y la manipulación de la memoria histórica–. La triste realidad es que la derecha le está comprando la deriva, en la medida en que ve que los votos se le escapan, y no precisamente hacia la izquierda. 

El hecho es que ahora mismo tanto en Francia como en Italia la extrema derecha va por delante de la derecha, que, en vez de reaccionar en defensa de sus posiciones, cada vez está más pendiente de la agenda reaccionaria. Y aquí, si el PP está cada día más pendiente de Vox, Junts ya nota la fricción con Aliança Catalana. Sílvia Orriols ha captado el momento crítico de un partido aferrado a Puigdemont, que es a quien utiliza la actual dirección para legitimarse a pesar de saber que su tiempo ha pasado. 

Es cierto que las elecciones municipales francesas han generado alguna duda sobre la capacidad expansiva de la extrema derecha. A pesar de seguir creciendo, ha demostrado una muy irregular implantación en el territorio, un indicio negativo de cara a unas presidenciales. Pero es cierto también que allí donde la extrema derecha se siente fuerte y toma la iniciativa, la derecha claudica. Es evidente el caso italiano. Pero también lo es en España, donde el PP ya está pasando de la boca pequeña a la normalización de la relación con Vox. Y Feijóo da por hecho el apoyo de la extrema derecha para formar una potencial mayoría después de las próximas elecciones, dispuesto a hacer las concesiones que hagan falta. El PP ha hecho suyos los tópicos reaccionarios: contra el feminismo, la inmigración y las políticas de cambio climático que marcan en buena parte la frontera entre la democracia y el autoritarismo postdemocrático. Queda el tema de la guerra: a pesar de que Europa ha acabado haciendo suyo el rechazo a la agresión contra Irán, las extremas derechas apuestan incondicionalmente por Trump. Y el mismo PP, con el acercamiento a Vox, también, con una especie de juego de palabras que vendría a decir que no están por la guerra pero sí por la victoria.

Es evidente que el exhibicionismo de Trump ha sido viento favorable para las extremas derechas. Y, por tanto, si la guerra de Irán acelerase el descrédito creciente del presidente americano entre los suyos y eso se trasladase a las elecciones del 2027, todo podría empezar a girar. Pero ahora mismo, sin descartar uno de los grandes vicios de la política que es la psicopatología de las pequeñas diferencias, que podría bloquearlo, la tentación neofascista tiene a la derecha ablandada. Y los veremos juntos en todas partes. Todo esto, con las socialdemocracias europeas –que ahora Pedro Sánchez quiere despertar– bien desdibujadas. Y los partidos a su izquierda incapaces de motivar a los sectores de las clases populares que se sienten marginados y que se apuntan a los que más gritan. La guerra de Irán ha llevado a Europa a marcar un punto de distancia con los EE. UU. Y este debería ser el camino. Hacerse mayores, marcar vía propia y compartirla. Pero para eso la socialdemocracia debe recuperar iniciativa, y la derecha, los valores que la distinguieron del autoritarismo.

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