El derrumbe
La ilusión de un cierto orden basado en la expansión democrática en el mundo se acabó, muy probablemente, el 11 de septiembre de 2001. Quizás solo era una ilusión que justificaba el hiperliderazgo de los Estados Unidos, pero el caso es que las instrucciones de uso de las relaciones internacionales empezaron a romperse hasta llegar al cafarnaúm de hoy.
25 años después del derrumbe del edificio que era el símbolo de la economía y el poder de los EE. UU. estamos en plena metamorfosis, sin saber en qué criatura monstruosa nos acabaremos convirtiendo. Las alianzas tradicionales de Occidente ya no funcionan y el mundo se reparte en áreas de influencia dominadas por tres hombres que comparten un estilo viril y una relación con el poder y el dinero de estilo mafioso.
Hace 25 años se declaró una guerra ciega contra el terrorismo islamista que se convirtió en una cruzada indiscriminada, que no culminó en procesos democráticos sino atomizadores, caóticos y totalitarios. Las Primaveras Árabes se sofocaron y las guerras en Siria, Afganistán, Libia y el África subsahariana provocaron oleadas migratorias masivas de personas huyendo de la guerra, la dictadura y la pobreza. Movimientos humanos hacia los países ricos impulsados por la guerra y la depauperación añadida del cambio climático. Durante estos años, el abrazo del sistema capitalista y la globalización impulsaron la economía de China, que ha conseguido sacar a 800 millones de personas de la pobreza. Pero los efectos negativos de la globalización y su reacción han contribuido a gripar la clase media de las economías europeas y norteamericana. Los últimos años, la velocidad del cambio tecnológico se ha sumado a las incertidumbres sociales y económicas, y ha pasado a afectar al mundo laboral e incluso a la concepción de lo que es humano.
Europa
Con este panorama, hoy el resentimiento recorre Europa, y ni Cataluña ni España son la excepción. De las tres grandes potencias, dos la consideran un objetivo a abatir. Los EE. UU. y Rusia, con la anuencia china, son aliados para repartirse un mundo en el cual Europa les molesta. El ataque contra Ucrania forma parte de los planes estratégicos de Putin para recuperar el Imperio Ruso y vengar la traición europea tras la desaparición humillante de la URSS. En lo que respecta a los EE. UU., Trump da pasos en la desconexión de unos socios que cree que van de gorra en los gastos fundamentales como la defensa y combate a los socialdemócratas, a los que menosprecia alimentando las fuerzas centrífugas de la extrema derecha que pueden destruirla desde dentro.
En la práctica, hemos pasado de la Guerra Fría al derrumbe del orden internacional y la ola turbocapitalista hasta sumergirnos en una guerra híbrida de los tres grandes depredadores compitiendo entre ellos y a la vez repartiéndose el juego. La zona gris de la guerra híbrida consiste en desestabilizar desde dentro para ampliar las grietas y hacer sangrar las heridas. Los ataques son contra infraestructuras invisibles y contra la opinión pública en temas que ya son divisivos y que avivan el miedo. Una política sentimental cuando la gente teme perder pie con la inmigración y los valores tradicionales. Por eso, Sánchez no saldrá indemne de la crisis con Marruecos. Las fuerzas de la reacción europeas, alineadas con los Estados Unidos, se fuman un puro viendo cómo Pedro Sánchez queda literalmente desbordado por una avalancha de inmigrantes tras la gran regularización. La crisis contiene todos los elementos para tener mala salida si la UE sabotea la solución. Es una crisis demográfica y económica, de efervescencia nacionalista, que aviva el miedo a la avalancha migratoria y que es fácil de vincular con temas de seguridad ciudadana.
El gobierno español tiene la frontera de Ceuta y Melilla externalizadas al reino alauita y está a merced del humor de un liderazgo corrupto. Nadie se cree que un sistema represivo como el de Rabat no detectara el movimiento de al menos setenta y cinco mil personas. En plena negociación de un nuevo acuerdo de asociación estratégica con Europa, Marruecos ha enseñado los dientes a Europa y ha dado una bofetada a Sánchez. Ni sus aliados norteamericanos ni los israelíes lo lamentarán, y la inmediata reacción de Trump demuestra que su actuación tiene premio para Rabat. Durante una época, Hassan II formaba parte de los nuestros sátrapas, los que controlaban sus países bajo la bota manteniendo un orden favorable a Europa y los EE. UU. Hoy, Marruecos es una bomba de relojería por motivos demográficos, económicos y represivos. Sánchez cedió a Rabat el apoyo español al Sáhara Occidental a cambio del control fronterizo y una relación estable. Hoy ha saltado por los aires e, incomprensiblemente, Sánchez no ha sido capaz de reaccionar. Las crisis no se toman vacaciones.