El presidente de la Generalitat, Salvador Illa, durante la sesión de control al Parlament, el 17 de junio de 2026.
21/06/2026
Abogado y escritor
3 min

Si al presidente Pujol no le interesaba abrir la caja de Pandora del independentismo era por diversas razones, entre ellas, seguramente, que no lo veía oportuno ni prudente, pero el caso es que él mismo encarnaba la pulsión reprimida (o el conflicto latente). El hecho de tener un nacionalista presidiendo la Generalitat provocaba una tensión y una atención especiales, un borde del precipicio constante que obligaba a todo el mundo a pronunciarse, como mínimo a pronunciarse, sobre el encaje o no encaje de Cataluña dentro de España. Era el tema recurrente, el elefante ineludible, la asignatura eternamente pendiente pero sobre la cual todo el mundo decía la suya: Pujol era una especie de encarnación de que la solución del 78 era insuficiente y que había que profundizar mucho más en el autogobierno y en el reconocimiento nacional, bajo la amenaza (nunca explicitada) de que todo ello se desbordara. Bien, todo ello, en efecto, se desbordó: Maragall no era un nacionalista, pero era nieto de Joan Maragall y tenía como proyecto toda una reforma del Estatuto. El resto de la historia ya la conocemos: conflicto explícito hasta 2017 y más allá, y justo hace dos años que la Generalitat ha decidido convertirse en un gobierno sin conflicto. Sin tema pendiente. Sin causa, sin debate nacional más allá de la gestión administrativa.Esto nos transforma, en efecto, y más que nunca, en una provincia. En una sucursal. El Parlament de Catalunya ya no llama la atención de nadie porque ni Illa tiene ninguna solución al conflicto que no sea ignorarlo, ni Sílvia Orriols puede evitar devenir repetitiva con su islamofobia, ni Junts o ERC parecen dar síntomas de poder despertar aún el movimiento creado durante el Procés (o, como mínimo, obtener contrapartidas destacadas de su apuesta por el diálogo con el PSOE). La culpa es, diríamos, compartida. Aun así, es la mayoría gobernante quien marca el ritmo de la legislatura y, por tanto, conviene admitir que es esta la que apuesta por la grisura administrativista, legalista, alérgica al conflicto (no a su abordaje, sino a su misma existencia), el dominio aún vigente del miedo y de la amenaza, la asociación de cordura a pasividad y la referencia a un diálogo abstracto, confuso y yermo. “El Govern de tothom” simplemente no incluye en este todo el mundo la mitad de catalanes que se confiesan independentistas y, con esto, confía en que el soberanista aburrimiento de la política catalana haga desvanecer la intención, el movimiento y la causa. No está mal pensado: el problema es que el precio es la desaparición casi absoluta de la política catalana.

El mismo Illa aparece desdibujado, semitransparente, espectral. No representa nada, no pretende gran cosa, no lucha más que por el pan y los alimentos. Es la encarnación viviente de un país en respiración asistida, con las constantes vitales estables, pero tan anestesiado que ya no se reconoce a sí mismo. De tanto renunciar a querer ser más, se ha acabado renunciando a ser algo. Ahora la Generalitat es el gobierno de una comunidad autónoma más, con el agravante de ser castigada, vigilada, humillada e innegablemente odiada. Se podrá decir que este es el precio de haber acentuado el conflicto, pero después de nueve años de “paz” y de “concordia”, creo que puedo decir que este ha sido, al contrario, el precio de rehuir el conflicto. De no iniciar su resolución, o de no culminarla. De ignorarlo, como si taparse los ojos resolviera la presencia del monstruo.Es un precio demasiado elevado. La sucursalización de la política catalana es absoluta: los únicos debates que se promueven son los del PSOE contra la derecha, o los de Zapatero contra los jueces, o los de Rufián contra las enésimas promesas de “mayorías plurinacionales”. Hemos llegado a un “todos dentro” —tan invocado ahora por Iván Redondo pero también existente como lema durante la Transición—, que difumina Cataluña dentro de una causa superior y que, por tanto, la hace más dependiente que nunca. Ahora todo es la vivienda, los autónomos, la ELA, las regularizaciones masivas, los casos de corrupción de los partidos estatales. La política catalana simplemente no existe, ya sea por falta de poder y de competencias (que también) como por renuncia a conducir el debate nacional hacia alguna parte. Deberán pensar, seguro, que este fue el error de Maragall: pujolear demasiado. Se equivocan. Maragall sabía que se podía ganar una lucha o perderla, pero que el peor insulto ante la gestión de un conflicto es ignorarlo. Ignorarnos. Como si así pudiera borrarnos. Y los fracasos se pagan, seguro, pero los insultos y la condescendencia aún se pagan más.

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