En relación a un camión de gran tonelaje, un ciclomotor es pequeño; en relación al triciclo de un niño, grande. En relación a un coche de lujo es barato; en relación a un timbre de bicicleta, caro. Etcétera. Para entender por qué resulta tan problemático caracterizar la noción de centro político hay que tener presente el ejemplo que acabo de poner. El centro parece definirse a la luz de dos polos que pueden llegar a ser extremadamente opuestos en algunos aspectos y que son bastante más complejos que nociones como grande o pequeño. Además, hay una cuestión histórica relevante. A diferencia de los conceptos de "derecha" e "izquierda", el centro político no nace en la Revolución Francesa. En el seno de la Asamblea Constituyente no había un “centro” explícito, en el sentido moderno. Había gente más moderada y gente más fogosa, por supuesto, pero no un centro político. El hemiciclo de 1789 solo definió, en términos de ubicación física, la derecha (defensores del Antiguo Régimen, para entendernos) y la izquierda (reformistas y revolucionarios, simplificando un poco). El centro es un concepto bastante posterior. Surge cuando los sistemas parlamentarios de mediados del siglo XIX y comienzos del XX tropiezan con situaciones que recomiendan nuevos espacios de moderación y transacción ideológica entre bloques ideológicos confrontados, los cuales, por pura inercia, impedían cualquier ámbito de consenso.El entonces llamado centro izquierda fue una pieza clave de la política francesa de finales del siglo XIX y a menudo es citado como uno de los primeros espacios parlamentarios que utilizan explícitamente la etiqueta "centro" en un sentido moderno. Ojo: no era un partido centrista, sino un grupo parlamentario en el contexto de la Tercera República. ¿Qué era exactamente este centro izquierda hacia las décadas de 1870 y 1880 en Francia? Una agrupación formada por diputados republicanos moderados, herederos del liberalismo de 1830, situados entre el centro derecha (monárquicos moderados, es decir, no partidarios de reinstaurar el Antiguo Régimen) y los republicanos radicales. Para salir del paso podríamos decir que tenían una sensibilidad centrista, pero eso sería una definición recursiva, además de un intento de huir por la tangente. Concretemos un poco más. ¿Cómo planteaban las cosas? Aceptaban la República, pero rechazaban el radicalismo anticlerical; defendían un ejecutivo fuerte y un Parlamento estable, pero no el jacobinismo duro; querían conciliar libertades públicas con estabilidad social y un libre mercado con intervenciones puntuales del Estado. No eran anticlericales, pero sí partidarios de limitar el poder político de la Iglesia. Aquí podríamos llegar fácilmente a una conclusión errónea: eran centristas porque eran moderados en relación con los dos extremos ideológicos de aquel momento.
No, el centro político no es solo un punto equidistante entre derecha e izquierda, sino que dispone de una lógica propia. Ha sido capaz de construir mayorías transversales y no porque rebaje posiciones, sino porque identifica puntos de convergencia entre intereses sociales diversos. En circunstancias idóneas, ha funcionado como un mecanismo de estabilidad: prioriza instituciones fuertes, estimula pactos duraderos y hace reformas graduales (pero reformas, al fin y al cabo). También es una cultura política basada en la negociación, en la renuncia parcial, en la búsqueda de acuerdos que permitan avanzar sin fracturar. El centro no quiere decir medias tintas ni ideas descabezadas, sino soluciones viables en contextos complejos. Se redefine según el momento histórico: puede ser modernizador, liberal, conservador, progresista... Llegaríamos ahora a una segunda conclusión errónea si entendiéramos que todo esto no es más que una forma de indefinición. Es otra cosa: una adaptación versátil y pragmática que, en general, tomaba nota de las inquietudes de las clases medias. ¿Hablo en pasado porque el centro ya no existe? No: hablo en pasado porque la clase media es una realidad menguante, en plena decadencia. En 2006, Massimo Gaggi y Edoardo Narduzzi publicaron La fine del ceto medio e la nascita della società low cost. Es, por tanto, una obra inmediatamente anterior a la megacrisis de 2008. La ropa barata prêt-à-porter pero firmada por algún advenedizo o los cruceros a 299,99 euros por barba generan fantasías sociales que, tarde o temprano, distorsionan la percepción de nuestro potencial económico real y, en consecuencia, nuestra auto-ubicación de clase. En este nuevo contexto, el centro de toda la vida ya no resulta muy sexy. Ahora a las falsas clases medias low cost les atraen más los falsos partidos de centro low ideas, conocidos también como trampas populistas para incautos.