Donald Trump y el JR de Dallas: las petromasculinidades
Cara Dagget, en su artículo "Petromasculinidad: combustibles fósiles y deseo autoritario" (2018), define el término petromasculinidad como forma de masculinidad que asocia el uso y la nostalgia de los combustibles fósiles con identidades masculinas tradicionales, autoritarismo, negacionismo climático y ciertas dinámicas de poder socioculturales. El interés desatado de Trump por el petróleo ya lo sabíamos, pero el ataque a Venezuela por acabar con el régimen de Maduro lo ha constatado aún más y, por eso, sostengo que encaja perfectamente con esa definición de petromasculinidad que, a su vez, se alimenta de un modelo muy americano.
En este sentido, no puedo quitarme de la cabeza el JR Ewing de Dallas. Trump es una suerte de JR desplazado del melodrama empresarial a la escena política global, con el que comparte muchas cosas. En primer lugar, les une la relación instrumental que tienen con la ley, puesto que para ambos la norma no es un marco vinculante sino un obstáculo flexible, se cumple si conviene y se vulnera si impide el objetivo. En Dallas, JR negocia, manipula o burla la legalidad empresarial sin escrúpulos; Trump, en política, trata el derecho, tanto nacional como internacional (y lo hemos visto ya en la operación quirúrgica de Maduro), como una extensión de la correlación de fuerzas. La legitimidad no proviene del respeto a la norma, sino de ganar.
Trump, como JR, son hombres blancos, cisheteronormativos y el epicentro del malentendido progreso de una sociedad petrolera caduca que estropea la naturaleza. JR es un arquetipo claro de masculinidad petrofósil y capitalista agresiva, construido como personaje para encarnar el poder, el cinismo y el dominio en el contexto tejano. Ambos articulan el poder mediante una masculinidad agresiva y performativa que les coloca a ellos en el centro de todas las miradas, ya sus mujeres en la tangente de sus deseos, al ser ambos antifeministas por naturaleza. No buscan ser justos ni coherentes, sino dominantes, incuestionados y machos alfa. La exhibición de fuerza, la humillación del adversario y el desprecio por la vulnerabilidad son centrales en su ideología de hacerse protagonistas de todo lo que les rodea. Tanto JR como Trump proyectan una imagen de autosuficiencia absoluta, en la que el reconocimiento de los límites equivale a una pérdida de virilidad.
También coinciden en el uso del resentimiento como recurso vital. JR moviliza agravios familiares y rivalidades personales; Trump transforma el agravio social como la pérdida de estatus de ciertos sectores en energía política. En ambos casos, el resentimiento no debe resolverse, sino que debe mantenerse activo, porque es el combustible emocional de su poder.
Ambos funcionan como iconos culturales de una época fósil. JR es la fantasía televisiva del poder petrolero de los años ochenta; Trump es su reaparición política en un contexto de crisis climática y declive y decadencia de las políticas de izquierda. Lo que JR era ficción desacomplejada, Trump se convierte en gobierno real, pero con la misma estructura afectiva y ontológica.
Sin embargo, entre ambos existe una clara diferencia temporal e histórica, que es decisiva. JR es hijo de una época de expansión fósil todavía no cuestionada, en la que el petróleo simbolizaba progreso, abundancia y futuro. Trump, en cambio, actúa en un momento de crisis climática reconocida en la que su defensa del petróleo no es afirmativa, sino reactiva; no celebra el futuro, sino que intenta retrasar la pérdida de un orden en declive, el del patriarcado y el autoritarismo. Esto convierte su petromasculinidad en una forma de nostalgia agresiva, ausente en el personaje televisivo. Si bien Trump y JR comparten una misma gramática del poder masculino fósil, es decir, el lenguaje agresivo y enloquecido de la petromasculinidad, JR representa la fantasía cultural de un régimen en ascenso, mientras que Trump encarna su defensa política en fase de descomposición a velocidades siderales. Esta diferencia no es accesoria, puesto que marca el paso de la ficción compensatoria a la realidad conflictiva, del relato televisivo al daño sistémico a pequeña ya gran escala.