A veces me pregunto si los consejeros aman el objeto de su consejería. ¿Ama la educación, la consejera de Educación? ¿Ama la lengua, el consejero de Política Lingüística? ¿Ama la cultura, la consejera de Cultura?Hace quince días, en un artículo a favor de los maestros y profesores, hablé del veneno de las causas superiores. ¡Tenemos que ayudar a estos alumnos!, dijeron los pedagogos. Pero la función de la enseñanza no era ayudar a los alumnos, sino transmitir unos conocimientos. Veinticinco años de dar la vuelta a las prioridades han destruido la enseñanza y han perjudicado a los alumnos de una manera terrible. Tenemos que ir contra la extrema derecha, se nos dice hoy, para justificar cualquier barbaridad. Desactivada así la crítica como en el caso de la enseñanza, se conseguirán las dos cosas, la barbaridad y la extrema derecha, que ya casi parecen dos estadios de una misma evolución.
Estos días se ha sabido que cincuenta y ocho editoriales catalanas no recibirán las subvenciones que esperaban por unos libros ya publicados, después de que, retroactivamente, se les exija imprimir un logotipo de ecosostenibilidad. Son libros ya impresos con papel ecológico, pero les falta el logotipo. Ester Andorrà, editora de LaBreu, ha recordado a X que “los certificados son una manera de facturar y los logos son para dar trabajo, y sueldos, a todas las empresas certificadoras que se han inventado al amparo de las leyes”.
Nunca se puede descartar la incompetencia, siempre disponible para que alguien acabe sacando partido de ella. La administración se introduce cada vez más por todas partes y hoy renunciar a subvenciones es luchar con un brazo atado a la espalda. Hay editoriales que dependen de ellas, editoriales independientes que son principalmente las que mantienen viva nuestra cultura escrita. Después otros aprovecharán el prestigio –“¡Es importante leer!”– para hacer de ello un puro negocio. Estas editoriales afectadas se merecerían un monumento en cada calle, no por la abnegación, que la hay, sino porque son las columnas y cimientos de nuestra cultura escrita. En lugar de agradecérselo, pero, ya lo veis. Como ha dicho también a X Ignasi Moreta, editor de Fragmenta, “si queremos edición ecosostenible, debemos premiar las buenas prácticas. Por ejemplo, mantener el catálogo vivo, sin triturar alegremente, sin descatalogar, reimprimiendo el fondo cuando se agota”. Estas editoriales publican “pensando en diversas generaciones. Lo contrario de lo que hacen grandes grupos que triturán libros, subvencionados, cinco años después de editarlos”.Pero todo rema a favor de los grandes grupos, para variar.