Ed Sheeran y la (in)comodidad de ser apolítico
Ed Sheeran no quiere ser político. O, más exactamente, no quiere que sus conciertos lo sean. Lo explicó después de que el rapero Macklemore dejara su gira estadounidense tras decir Free Palestine sobre el escenario. Y es que hay algo fascinante en esa idea de que la política aparece justo cuando, o porque, alguien pronuncia determinadas palabras.
Antes de que Macklemore clamara Free Palestine ya había propietarios de estadios, contratos, intereses económicos, presiones y líneas rojas sobre lo que podía decirse o hacerse desde un escenario. La política estaba ahí, y lo único que hizo Macklemore fue volverla visible.
Es por ello que quizá debería interesarnos menos discutir si Ed Sheeran es buena o mala persona, si debería haber hecho más, o cuánto poder tenía realmente para enfrentarse a los propietarios de los estadios. Debería interesarnos mucho más nuestra facilidad para aceptar que algunas decisiones son ‘políticas’ y otras simplemente son eso, decisiones.
Decir Free Palestine es político, pero exigir que quien lo dice desaparezca del escenario parece una cuestión contractual. Hablar de Gaza es político, pero decidir que Gaza no debe mencionarse parece profesionalidad. Protestar rompe la unidad. Pero pedir silencio, curiosamente, la preserva. Ese reparto nunca es neutral.
Palestina lleva tres años exponiendo esto con una claridad bastante brutal. Hemos visto instituciones culturales cancelar actos, universidades reprimir protestas, trabajadores enfrentarse a consecuencias profesionales y artistas descubrir que la libertad para posicionarse sobre algunos crímenes tiene límites bastante diferentes dependiendo de cuál sea la tragedia.
El propio argumento de Sheeran lo demuestra. En el pasado, utilizó públicamente su plataforma para expresar solidaridad con Ucrania. "Estoy con vosotros", dijo a los ucranianos. Nadie necesitó entonces proteger a los niños en sus conciertos de una inesperada irrupción de la geopolítica en el mundo del pop.
Y aquí está lo incómodo. Algunos pueden querer que un concierto sea simplemente un concierto. Otros tienen derecho a estar cansados de que cada cantante, actor o futbolista tenga que pronunciarse sobre cada atrocidad del planeta (como si lo hicieran, pero esa es otra historia). Muchos como yo desconfiamos de convertir a los famosos en brújulas morales, por mucho que les exijamos más. Pero una cosa es no exigirles que hablen y otra aceptar que el silencio constituye una especie de posición cero, limpia de política. Algo muy parecido a lo que hemos visto estos días en torno al desahucio de Mari Carmen, si me lo permiten.
Porque el silencio también se produce dentro de relaciones de poder. A veces alguien decide callar, y otras veces alguien aprende qué puede decir sin perder un contrato, un escenario o una oportunidad profesional. Y otras, como en este caso, alguien con mucho más poder decide dónde está la frontera de lo aceptable. Pero también hay veces en las que alguien parece no tener poder… y causa un terremoto.
Quizá por eso la reacción de los otros artistas invitados de la gira sea tan o más importante que las acciones de Sheeran. Finneas, Lukas Graham, Aaron Rowe y Beoga decidieron marcharse después de la salida de Macklemore. No porque todos los artistas tengan la obligación de convertirse en lo que demasiados consideran activistas, sino porque llega un momento en que seguir adelante, y hacerlo en silencio, también significa tomar una decisión.
Después Sheeran habló, y no por coincidencia, a través de un teleprompter. Calificó lo que ocurre en Gaza de ‘catastrófico e injustificable’ y reconoció que había gestionado mal la situación, pero volvió a situar al centro el 7 de octubre para no escapar de la neutralidad aparente e insistió en hablar de una situación compleja en vez de un genocidio. Eso, de hecho, hace el episodio bastante más interesante. Porque al final no fue Macklemore quien convirtió esa gira en política. Lo hicieron quienes decidieron que dos palabras eran suficientes para que alguien dejara de ser bienvenido. Cansados o no, quizá deberíamos empezar a desconfiar un poco más de los espacios —y las personas— que se proclaman apolíticos, sobre todo cuando para mantenerlos así alguien tiene que callarse.