El edadismo tiene nombre de mujer
No es que no le hablen de usted, es que la tratan como si fuera idiota. O peor aún, como si fuera una niña pequeña. Ella, que ha perdido la cuenta de las décadas que lleva trabajando, esforzándose, adaptándose continuamente a una realidad cambiante, debe aguantar a este par de barbamecos que le muestran un desprecio de cobardes. Sí, cobardes porque seguro que no se encararían por igual ni con quien tiene su misma fuerza vital ni con un hombre, por muy grande que fuera. Es edadismo pero también machismo, formando una aleación repugnante que cae como una brea pegajosa sobre las señoras que la padecen. Imagínate tener sesenta, setenta, ochenta años y que ahora vengan los chavales a darte lecciones. O peor aún: a contarte las cosas como si no entendieras o como si no tocases o como si no tuvieras ni idea de cómo va el mundo. En su día ya hiciste lo suficiente educando a los hombres que te rodeaban para mostrarles, bien pacientemente, bien pedagógicamente, cómo debían tratarte a ti y al resto de mujeres. Pararles los pies, esquivarlos y rehuirlos cuando intuías que eran peligrosos era algo, pero ahora, ahora que ya hace tanto que saliste a manifestarte contra la penalización del adulterio, que te calzaste las botas para entrar, con tantas otras compañeras, en las oficinas, en los partidos, en las universidades, en las administraciones, en las administraciones, conquistar tu propia independencia, ahora que hace tanto que ganaste el derecho de ser persona, llegan estos mediamerdas y te tratan con ese desprecio. ¿Que no tienen madre? ¿Que no tienen abuelas? ¿Que nadie les ha educado para comportarse en sociedad? No es que te hayas vuelto invisible como dicen que ocurre cuando te haces mayor. Ojalá ni te vieran y te dejaran en paz, pero es aún peor. Los molestas. Lo notas en cómo te miran, cómo fruncen la nariz. No es tan diferente a lo que ocurría antes, cuando la condición de estorga que lleva esta etapa no reproductiva te convertía en un viejo trasto digno de ser arrinconado. Se ríen, mofetas, si te equivocas en una palabra cuando te atienden en cualquier establecimiento, te hablan poco a poco y gritando como si todas las viejas fueran sordas y cortas, te dicen abuela sin que puedas contestarles "abuela tía" porque todavía te tomarán por demente. Si te deben venir a arreglar un aparato en casa, prepárate para recibir muchas explicaciones cargadas de tecnicismos para ir allanando el camino de la clavada que te van a echar. El último imbécil que vino te hablaba de ti y en diminutivos: "¿Ves ese caracolito, abuela?" ¿Qué debes hacer? Morderte los labios y pasar, o te pasarías el día discutiendo e indignándote. "Qué decepción", te escribe otro cuando le reclamas que cumpla con sus obligaciones. Chantaje emocional edadista y machista es lo que practican a menudo contigo estos carajitos, porque creen que tienen derecho a aprovecharse de mujeres mayores como tú. Más aún si te encuentran sola.
Acostumbrada como estás a tener que ganarte cada pedazo de autónoma libertad, no te importaría continuar en la trinchera, si no fuera que quisieras disfrutar de una jubilación tranquila en que ya no tuvieras que defenderte. Eres consciente de la fragilidad física –como no tienes que ser si se impone sin remedio–, pero que haya tantos sinvergüenzas que traten de aprovecharse, eso sí que te indigna y te sacaría a quemar las calles si no te fallaran las piernas. Hacerte mayor no es el problema, el problema es que tengas que volver a depender, que para encararte con los chorizos de cada día tengas que pedir ayuda para que te defiendan frente a los idiotas que sólo entienden el lenguaje de la fuerza. Renunciar a la independencia que tanto te ha costado conquistar es lo que te hace sentir vieja, no en los años vividos.