Educación: problema sistémico
Ha estallado de manera pública y ruidosa la problemática –o al menos una parte de ella– de la educación en Cataluña. Después de tira y afloja con los sindicatos, el colectivo ha convocado diversos días de huelga del sector, con duras movilizaciones que han comportado cortes de calles y vías de comunicación. Los paros educativos crean una cierta alarma social, además de problemas prácticos a las familias. Un tema delicado en el que el Gobierno ha pactado con los sindicatos menos representativos pero ha quedado fuera el principal, la USTEC, que ha encontrado la ocasión para reclamar y reforzar su hegemonía. Las reivindicaciones educativas casi siempre resultan simpáticas a buena parte de la ciudadanía. Se supone que son movilizaciones para mejorar las condiciones de su trabajo, y esto parece quedar fuera de discusión, tal como se movilizan los agricultores, que siempre cuentan con apoyo incuestionado. Ciertamente, tanto la educación como también la sanidad hace muchos años que no tienen las dotaciones económicas y de personal que necesitan, los medios mínimos para continuar realizando su papel de pilares del estado del bienestar. Se ha equipado excesivamente de tecnología las escuelas, pero no se ha dignificado la profesión y la consideración de los maestros, como tampoco se ha proporcionado la asignación de personal suficiente –los refuerzos– de cara a asumir la realidad diversa y exigente de la multiculturalidad en los centros. El punto débil de la movilización es que puede parecer excesivamente corporativista y con predominio de la preocupación salarial. Por cierto, una reclamación razonable en la medida que queramos incentivar los mejores titulados hacia la docencia. Comunicativamente, el sindicato convocante se ha disparado un tiro en el pie al dar a entender que con un aumento de 400 euros mensuales en la nómina se acabaría rápidamente la discusión.En el contexto del conflicto actual, el tema de los Mossos d’Esquadra en las escuelas ha servido para empeorar el ambiente. Aquí la cuestión no es relevante por sí misma, sino por una comunicación un tanto deficiente. Un tema propenso a hacer demagogia, como se ha visto. Que los centros escolares sean ámbitos de detección de problemas de seguridad no nos debería hacer poner el grito en el cielo. Los Mossos se ocupan, lógicamente, de la prevención, y es necesario que se anticipen a algunas cosas. El discurso antipolicial que se ha lanzado, incluso desde los mismos institutos, resulta bastante rancio. Los cuerpos policiales resultan imprescindibles y no deberían caracterizarse como si todavía fuesen los “grises” franquistas. No es un tema que dé mucho de sí, como tampoco la presencia en asambleas de profesorado, aunque se lo podrían haber ahorrado. Ha faltado tacto en las formas, en la información dada y, especialmente, en la falta de discreción. Todo esto ha apartado el foco del tema educativo, como si el problema fuera solo una cuestión de dinero y de seguridad pública. Ahora, estos son los árboles de la primera línea; nos impiden ver el bosque. El debate debería centrarse en los problemas estructurales y sistémicos de la enseñanza, sobre un modelo que ha resultado, y no solo en Cataluña, totalmente fallido y que casi nadie parece tener ganas de abordar.
Lo dicen los informes PISA y lo dice el sentido común. Nuestro patrón educativo ha resultado un fracaso, se mire el nivel educativo que se mire. El abuso de pantallas tiene que ver, pero los problemas van mucho más allá; tienen que ver con la filosofía y con el sistema. Los niveles de aprendizaje de matemáticas y de comprensión lectora son para llorar. Y, especialmente, porque no son anecdóticos. Llevamos muchos años con estos déficits y otros que evidencian la caída de un modelo educativo estructurado con planteamientos psicopedagógicos que se pretenden modernos y avanzados pero que lo único que hacen es perpetuar la ignorancia. Se ha dado prioridad a ocurrencias que llevan al fracaso. Se parte del concepto que la escuela y los centros educativos deben promover y garantizar la felicidad de los escolares, más que dedicarse a enseñar. Se valoran solo las competencias y la practicidad y se menosprecia el saber. Y, con su desaparición, también lo han hecho el método, la exigencia y la promoción de la capacidad de trabajo. El esfuerzo, que ha sido un valor y un hábito clave en todos los mejores momentos de nuestra sociedad, ya no se inculca. Más que enseñar, ahora se trata de crear “entornos de aprendizaje”. Como explicaba ya hace años uno de los mentores del exitoso sistema de enseñanza finlandés, “estudiar no ha sido nunca divertido ni puede serlo, lo que es satisfactorio es haber aprendido”. Ciertamente, un sistema de enseñanza debe tener un largo recorrido y un amplio consenso político. No será posible de recuperarnos de este fracaso si las bases educativas del futuro las construyen los mismos asesores que nos han llevado a la ruina educativa, cosa que significa un retraso para muchos años.