Educación: ¿seguimos o vamos atrás?

Hace poco más de quince años tenemos vigente la ley de educación de Cataluña (LEC).Buen momento para huir de la nostalgia y, en cambio, hacer referencia útil a los debates e inquietudes del presente. Seguramente es oportuno recordar que, conjuntamente con Francesc Colomé, rendimos cuentas de lo que se había llevado a cabo en ese período y dimos forma en el libro Escuela nueva, pueblo libre, publicado en 2013. Explicábamos lo que, a nuestro entender, quería decir gobernar un sistema con más de un millón de alumnos y cerca de 100.000 docentes.

Hoy dudo si me genera más inquietud lo que siento y leo sobre lo que se ha hecho/decidido/aplicado o bien lo que constato que se ha dejado de hacer/decidir/aplicar a lo largo de este tiempo. Quede claro: hablemos del sistema educativo como servicio público básico, universal e integral. Y tomo nota de la legítima inquietud de que la huelga reciente ha puesto de manifiesto en torno a cuestiones como las ratios y la diversidad, ligadas sobre todo al volumen de recursos reales en manos de los centros y equipos docentes. Miro, pues, allá de los debates curriculares y pedagógicos, del todo imprescindibles, pero que no deben sustituir el de la gobernación del marco que nos define como país: etapas, centros y docentes, comunidad educativa, derechos y deberes de los actores, organización y descentralización, usos lingüísticos y tecnológicos...

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Rey, del colectivo Clam Educatiu, "El tabú de la escuela pública: escoger docentes", me empuja a seguir el hilo que ellas abren.

En efecto, la autonomía de centro es un elemento central –no el único– de la concepción de sistema educativo que inspira la LEC, especialmente en lo que se refiere a la cuestión clave de la selección y estabilidad de los equipos docentes a partir de la responsabilidad otorgada y exigida a las direcciones a las direcciones de la dirección. construcción de los necesariamente diversos proyectos educativos que la vida real pide si queremos tratar con respeto e inteligencia nuestra creciente complejidad social.

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Todo ello, debiendo hacer frente a la presión contraria que, en nombre de intereses perfectamente descriptibles, sigue viva de la mano del principal sindicato corporativo (USTEC) y de la inercia funcionarial de determinados sectores. Rara vez se registra con tanta claridad como la contradicción entre igualitarismo teórico y equidad real, entre la demanda social de una educación viva y diversa que nos devuelva ciudadanos de pleno derecho y la oferta defensiva de un sistema autorreferencial que se protege de la realidad social que proclama querer servir.

Es terrible comprobar hoy la perversión del debate educativo, protagonizado desde la política, o desde dentro del mismo sistema, para quienes prefieren la comodidad al riesgo, la inercia al esfuerzo innovador o, peor, los que pretenden dar marcha atrás hacia un supuesto paraíso pasado. Eso sí, a base de negar el debate sobre cómo el sistema educativo debe hacer frente a los cambios reales de la sociedad.

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Así pues, es reconfortante, desde la plena coincidencia con la posición del citado artículo, constatar que en el mundo educativo hay vida, rigor y autoexigencia. Pero es inquietante comprobar cómo, quince años después, la autonomía de centro está lejos de haberse alcanzado e incluso ha retrocedido en la vida diaria de nuestras escuelas e institutos.

Recomiendo, por último, una lectura pausada de la LEC para seguir las previsiones incumplidas en relación con los recursos disponibles, los capítulos olvidados, la potencia no desplegada de un articulado que ofrece herramientas, flexibilidad y libertad para ser un marco útil de adaptación al cambio. ¿Qué se ha hecho de la renovación de la inmersión lingüística y de la debida presencia de las enseñanzas artísticas? ¿Cuándo constituiremos las zonas educativas definidas en la ley, en corresponsabilidad con ayuntamientos, ciudades y pueblos del país? ¿Cuándo tendremos la debida conexión entre formación y trabajo, asociada a la FP actual? ¿Cuándo abriremos la negociación con la administración central para disponer, por fin, de un cuerpo docente catalán? ¿Cuándo abordaremos la cuestión primordial de la formación y selección del personal docente? ¿Cuándo les reconoceremos la consideración de máxima excelencia en tanto que servidores y servidoras públicas esenciales?

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El camino está claro y está abierto. Ahora toca a las instituciones, empezando por el mismo departamento, actuar con la experiencia acumulada, pero también con la osadía reformadora a la que a menudo renunciamos en aras de un supuesto consenso que acaba por inmovilizarnos. Las herramientas están ahí; muchos docentes dispuestos a intentarlo, también. Vamos.