España 'rebranded'
Todo es cuestión de branding. Lo pensé el martes, al ver las imágenes de los reyes de España y sus hijas mirando el partido del Mundial contra Francia, vestidos con la segunda equipación de la selección, la camiseta blanca de Adidas. Se ve que este modelo se agotó antes del debut del equipo en el torneo y ha demostrado el éxito del diseño de los noventa, entre melancólico y de tienda de segunda mano, y el éxito, sobre todo, de haber renunciado a los colores de la bandera y haber sustituido el rojo sangre por un burdeos muy amable. También lo pensaba porque, al ver aficionados con la rojigualda enrollada al cuerpo como una segunda piel, se me despertaba un rechazo que la camiseta blanca conseguía amainar. He leído algún artículo que sostiene que España, a diferencia de Estados Unidos, mantiene una relación peculiar con sus propios símbolos, apreciación que encuentro falsa: solo hay que bajar del AVE en Atocha para darte cuenta de la presencia categórica y unívoca de la iconografía nacional.El triunfo de la camiseta, a mi parecer, radica en esto de hacer ver que España es una cosa diferente de España. Bastante icónico, de hecho, que la solución sea el blanco, porque así alguien podría hablar de "blanqueamiento" y colgarse una medalla, pero pienso con certeza que esta estrategia exitosa captura una tendencia global: hacer que las cosas no parezcan lo que son. Me explico. Hay, por una parte, la desenvoltura con que los discursos patrióticos, constitucionales o no, se imponen hoy en el espacio público (en mi gimnasio, un tío aparece cada día con una camiseta del aguilucho, y todo el mundo tan tranquilo), y hay, por otra, el desespero de aquellos que no quieren parecerse a esto, pero cuya propuesta alternativa es más cosmética, estética, que otra cosa: ponerse la camiseta blanca permite articular una especie de espacio liminar, abrir una desidentificación pasajera, hacer ver durante un rato que las cosas no son como son. Trata, paradójicamente, de mantener el fondo con una nueva forma que promete un nuevo fondo. Ahora bien, con el tiempo, esta nueva forma se fija, y una vez todo el mundo se ha tragado el símbolo renovado, ya no hay que rehacer nada: España viste de blanco, pero sigue siendo España.Encuentro que algo similar ha pasado con Aliança Catalana, que oculta un racismo de manual bajo un discurso proteccionista que sostiene que hay que reservar los servicios públicos exclusivamente a los nacionales: aunque Orriols a veces se muestre radical, ungida de impunidad para expresar cualquier opinión (hace pocos días se refería al velo como "parrac"), también oscila con discursos más diplomáticos que articula para alejarse de lo que la población asocia a Vox. Ahora bien, cuando uno descubre que el 22% de los votantes de Aliança Catalana escogerán Vox en las generales se da cuenta de que, aunque Orriols se vista de blanco, aunque apele a una catalanidad milenaria y a una historia de persecución y de supervivencia, comparte más sueños con Ignacio Garriga que con el abad Oliba.Todo esto supongo que es para decir que hay cosas que son irreformables, y el patriotismo exacerbado es una de ellas. Y que, ante la imposibilidad de hacer creer al personal que la bandera española representa una sola cosa buena, es mejor draguearla, es decir, hacerla pasar por alguna forma de transformismo, y simular que ya no está, que se ha fundido: que ahora es blanca. Es parecido al grito de los Javis después de haber ganado Cannes con una película sobre la Guerra Civil: "¡Viva España!" Sé a qué se referían (que viva otra España, republicana, antifascista, queer, plural...), pero hay un no sé qué de ingenuidad: su grito, por muy renovado que se quiera, no deja de ser excluyente. Y es que, para mucha gente, el problema no es que la idea de España sea caduca, sino que el problema es la misma idea de España, reformada o no, con camiseta blanca o de color rojo y amarillo. Quiero decir: si los reyes visten la segunda equipación, por algo será.