El sofá de los Borbones y el carrusel deportivo

El rey Felipe VI y el presidente del gobierno español en funciones, Mariano Rajoy, en un encuentro reciente en la Zarzuela.
15/07/2026
Escritor
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Siempre que la selección española de fútbol destaca en alguna competición –y ya no digamos si esta competición es el Mundial– se dispara el índice de esperpento en la vida política. Valle-Inclán estos días se habría hecho un frotis. La imagen de Felipe VI, la reina Letizia y las princesas –o como se diga su cargo– Sofía y Leonor sentadas en un sofá barato de dos plazas siguiendo el partido de España contra Francia en una tele pequeña que se aguantaba encima de una especie de bastidores, en un piso encharcado y oscuro, parecía una broma de mal gusto. Solo faltaba el concebido no nacido para acabar de hacer la estampa de una familia española ideal, pobre pero decente y unida. Intentar hacer pasar los Borbones por miembros de una especie de familia de clase trabajadora, que tienen un breve instante de felicidad cuando la roja gana, y que entonces se permiten saltar, bailar y abrazarse dentro del humilde comedor que es el escenario de todas sus alegrías y penas, es excesivo hasta para una casa real tan destartalada y burda como la española. Al menos podrían hacer el favor de no burlarse de los pobres disfrazándose como si lo fueran. Ahora bien: hay una cosa todavía peor en todo esto, y es que si lo hacen es porque quien cuida de su comunicación e imagen da por hecho que les funcionará. Que muchos ciudadanos darán por bueno el mensaje y sentirán simpatía por unos monarcas que son “como ellos”. Simultáneamente, M. Rajoy, un expresidente español a quien la justicia no investiga (al contrario: comparece ante los tribunales con una soberbia ostentosa y consentida), ha revivido un concepto de los años de sus mandatos, el de la Marca España. Dio un recital de ello cuando hizo la afirmación xenófoba de que la selección francesa jugaba “sin franceses”, y en una continuación en la que, lejos de rectificar, le venía bien para cargar contra el gobierno actual. La escritura de Rajoy (o de quien sea que redacta sus artículos, publicados, no hace falta decirlo, en un digital de la derecha dura) es pariente directa del lío de los Borbones: algo estrafalario, desordenado, impropio de una persona mínimamente formada. Cada aparición pública de Rajoy tiene siempre un punto estrafalario que en su caso es querido: Rajoy no se disfraza de pobre, sino de tonto, y cuando todo el mundo ríe consigue exactamente aquello que quería: en castellano existe el dicho “Ande yo caliente y ríase la gente”, que en catalán podría tener como equivalente –nunca más acertado– aquello de “Afarta'm i digue'm moro”.Rajoy, por cierto, dice que Sánchez hizo de “delator” ante los franceses, y desde el PP han afirmado que los éxitos de la selección española le van muy bien a Sánchez como cortina de humo. Si Feijóo y los suyos intentan presentar a la roja como agente del sanchismo, les puede salir todavía peor que comparar las bajas laborales con el cáncer. Por cierto, plantarse en un foro internacional a intentar vender que Sánchez es como Putin, Trump o Xi Jinping (“un presidente autoritario”) tampoco cuela. La euforia les hace perder el compás, y esto tiene consecuencias. No solo en el fútbol.

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