El espectáculo Madrid

Madrid es, de forma creciente, un espectáculo continuo y terrible, protagonizado por una amplia colección de actores de todos los oficios imaginables que se mueven siempre alrededor de un solo concepto: el poder. En toda su dimensión y con todos los elementos que desde hace siglos caracterizan la obra: ambición, corrupción, explotación, manipulación... violencia institucional si conviene. Pasqual Maragall ya lo anticipó con todo detalle en sendos artículos en El País hace 25 años (Madrid se va) y 23 años (Madrid se ha ido). Hoy constatamos que no solo se trata de reflexiones muy vigentes, sino que es posible y necesario hacer la actualización.

Comencemos por reconocer los derechos de autor correspondientes. Felipe González, primero, y José María Aznar a continuación son los auténticos guionistas y directores del gran Madrid que hoy vivimos, conocemos y sufrimos. España, a partir de la transición democrática, debía convertirse en uno de los grandes estados de Europa, y para conseguirlo debía disponer de una gran capital que asumiera el necesario liderazgo económico y político, superando las “obsoletas” tentaciones de una España federal con diversas capitales y plurinacionalidad real. Resuelta, aparentemente, la cuestión interna por medio del café para todos, quedaba el objetivo real: hacer de Madrid el gran núcleo central de poder, el símbolo de la nueva España, miembro principal de la UE y de la OTAN, la capital hispana global, el gran hub económico del Sur de Europa.

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El éxito de la operación ha sido total. Madrid se define hoy por una doble concentración de poder relativamente insólita en el mundo global de nuestro tiempo: la complicidad activa entre los dos polos de poder, el económico privado y el institucional público. Madrid mercado y Madrid estado son los dos grandes escenarios de cambio histórico pero también de consolidación, de mutua dependencia y de connivencia activa.

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La evolución del PIB madrileño con relación al del Estado es espectacular. Ha pasado del 15% a casi el 20% en poco más de 30 años, en perjuicio del peso relativo del resto de comunidades autónomas, con la excepción de Cataluña (19%) y Euskadi (6%), que mantienen su peso. Los datos de inversión extranjera, de ocupación y de crecimiento sectorial confirman la pujanza indiscutible del Madrid entendido como gran región metropolitana. Un espacio económico y social que, de facto, incluye las dos Castillas y, en parte, Valencia, Aragón, Andalucía y Extremadura, comunidades todas ellas cautivadas por la eficacia de las infraestructuras radiales concebidas exactamente con este fin. Este proceso ha generado la numerosa demografía que se necesitaba para sostener la nueva economía: hostelería y servicios personales, industria, sanidad, innovación, tecnologías diversas, consultoría, servicios jurídicos y financieros, inversión y gestión inmobiliaria...

Por otra parte, el viejo estado surgido intacto del franquismo ha sabido adaptarse a la democracia y la globalización, modernizarse, sin perder ni un ápice de su carácter corporativo, centralista y estructuralmente conservador. Al contrario, lo ha hecho ganando en potencia, eficiencia, capacidad de intervención y control. Este conglomerado institucional es también, obviamente, un conglomerado social y, por tanto, electoral. Un cuerpo de millones de hombres y mujeres con pertenencia y arraigo del todo descriptibles, con ramificación en todo el Estado y medidos en intereses personales tanto o más que en ideología. Cuerpos del Estado, monarquía, grandes instituciones culturales, cúpulas judiciales, ejércitos de tierra, mar y aire, grandes empresas públicas, organismos de control económico e institucional y, naturalmente, el inmenso grueso de funcionarios de todos los niveles de las tres administraciones públicas ubicadas en territorio madrileño. Tenemos, pues, la sociología completa que hoy constituye el triple concepto del Madrid ciudad, Madrid capital de estado y Madrid gran región metropolitana, agujero negro de las Españas y gran urbe sur-europea y latinoamericana.

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Es fácil hablar de Madrid DF como síntesis y expresión concentrada de grandeza y potencia a imagen de México y otras capitales. Pero la idea resulta, como mínimo, grotesca. Federal y Madrid son conceptos, de momento, abiertamente antagónicos.

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El elemento relevante de todo este panorama, en todo caso, es la eclosión politicoeconómica de esta estructura social e institucional. Una eclosión gradual a lo largo de los últimos 30 años, resultante de la suma de fuerzas de ambos campos, mercado y estado, convertida en alianza activa al servicio de intereses compartidos. Es esta proximidad obscena entre poder económico e interés público lo que ha dado lugar al espectáculo de la corrupción sistémica que los medios madrileños retransmiten a diario y largamente. Estamos ante un fenómeno de colusión de poder, arraigado y surgido de las mismas estructuras economicosociales, que ha trascendido el riesgo natural de error individual de la democracia para convertirse en rasgo permanente y estable de una bien concreta realidad.

Madrid es hoy una sociedad conservadora, mayoritariamente instalada en posiciones reaccionarias y ligadas a intereses del gran poder económico privado. El socialismo gobierna España desde Madrid pero a pesar de Madrid y contra Madrid. Lo hace de la mano de las izquierdas (y las burguesías) nacionales, pero sin intentar representar la España alternativa (plurinacional y federalmente solidaria) que podría ser el único antídoto real contra el poder concentrado en Madrid.

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Esta es la doble incoherencia que está a punto de enviar al PSOE a las catacumbas de la oposición por muchos años: no ha sabido evitar verse arrastrado a las mismas prácticas corruptas del actual Madrid y, al mismo tiempo, es objeto de persecución intensa y personal desde los poderosos agentes públicos y privados del mismo establishment madrileño.

Finalmente, después de constatar cómo González y Aznar siguen velando conjuntamente por la continuidad de su “España-Madrid”, tendremos que saber dar respuesta a una triple pregunta:

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¿El socialismo catalán y español tienen el seso y los liderazgos necesarios para romper con la dinámica que los arrastra al desastre?

¿Tenemos los progresistas y demócratas de toda España, incluyendo por supuesto los de Madrid, la voluntad y la capacidad de construir la alianza y ofrecer el proyecto alternativo de país que sabemos posible?

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¿Podemos empezar a hablar abiertamente de las naciones y pueblos que componen el Estado, de sus derechos y de las reformas exigibles para poner al día la Constitución y los aparatos del Estado?