Estimados jóvenes
Estimados jóvenes y no tan jóvenes que acampáis en las plazas o que simpatizáis con los que allí acampan para reclamar un derecho que se os niega, el derecho a tener techo: querría explicaros una cosa que quizás sepáis, pero quizás no, porque el mundo va muy deprisa, una noticia tapa a la otra y muchos de vosotros no leéis periódicos. Mi hija tiene 18 años y, como muchos de vosotros, votará por primera vez. Como muchos de vosotros, no heredará ningún piso (me habría gustado que heredase uno) pero tendrá un poco más de suerte que otros: heredará una hipoteca medio pagada y de precio razonable. Nació en 2007, que ya he explicado a menudo (chocheo con ganas y a conciencia) que fue el año del Cerdo Dorado: en los restaurantes chinos a los que iba con la barriga de embarazada me decían que era un año “de mucha suerte”.
La suerte fue que en 2008, como ya debéis haber oído, aconteció (y aceptadme el verbo) una fortísima crisis que todavía arrastramos. Habéis nacido con esta crisis bajo el brazo. Pero quizás no os han explicado que a consecuencia de esta crisis se tuvo que “rescatar a los bancos”. Sí, sí. Robin Hood les robaba, pero nosotros los pagamos. Europa se inventó unas siglas, que suenan a croar de rana: FROB. El Fondo de Reestructuración Ordenada Bancaria. A mí siempre me hizo mucha gracia que fuera “ordenada”, porque mira por dónde me la imaginaba “desenfrenada”. Esta reestructuración (bonita palabra) significa que se inyectaron 64.000 millones de euros a los bancos. Más de la mitad están “perdidos”. Si dividimos lo que se pagó entre la población española de entonces, sale a unos 1.000 euros por persona. Ni que decir tiene que, utilizados para hacer pisos, este dinero habría solucionado el problema de todo el mundo.
No es justo que ahora los bancos os nieguen hipotecas sin entrada o os las cobren muy caras. El rescate bancario cambió las normas del juego de manera irreversible. Tenéis toda la razón de protestar, civilizadamente, contra este mundo que os encontrasteis nada más nacer.